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Analistas 20/08/2025

Adiós al socialismo versión boliviana

La república pluriétnica, multicultural y ancestral de Bolivia ha decidido virar el rumbo. El MAS, partido fundado por Evo Morales, que gobernó durante casi dos décadas, quedó en ruinas. El centrista Rodrigo Paz Pereira emergió como líder con 32% de los votos, seguido por el conservador y expresidente Jorge “Tuto” Quiroga con cerca de 27%. La izquierda prácticamente desapareció: la fórmula ‘evista’ apenas alcanzó un 3% y la izquierda disidente reunida bajo Andrónico Rodríguez obtuvo un 8%.

Este resultado simboliza el fin de una hegemonía que, aunque defendida con pasión por el izquierdismo latinoamericano, dejó tras de sí un modelo agotado, corroído por profundas fracturas internas y una economía al borde del colapso. Inflación, escasez de dólares, combustible y descontento popular convergieron en un rechazo al estatismo que una vez prometió inclusión y prosperidad.

No hay que olvidar que la piedra fundacional del “milagro” económico del evismo fue la nacionalización del gas en 2006, celebrada con himnos, banderas y discursos sobre soberanía. Durante un tiempo, los ingresos extraordinarios financiaron bonos sociales y dieron la ilusión de prosperidad infinita. Pero, como suele suceder cuando se confunde la caja con el patrimonio, las inversiones privadas se evaporaron, la exploración se detuvo y la producción declinó inexorablemente. Hoy Bolivia, otrora exportador orgulloso, debe importar combustibles para sobrevivir: una ironía más amarga que el propio gas natural que ya no produce. Con una inflación de 17% anual, en cualquier país es difícil vivir sabroso. El nacionalismo energético resultó ser un festín a crédito, y la factura llegó justo a tiempo para estas elecciones.

La quiebra, sin embargo, no es solo económica. El liderazgo de Evo Morales -incluyendo su influencia indirecta desde el exilio y su llamado al voto nulo, que alcanzó un histórico 19%- sufrió una quiebra moral cuando al líder aymara de tiernos 57 años se le acusó de pedofilia después de que le pagó favores políticos a los padres de una niña menor de edad a la cual acabó dejando embaraza.

Quienes vivieron el auge del MAS recordarán sus políticas redistributivas y de fuerte presencia estatal. Sin embargo, esa misma presencia fue pieza clave de su declive: acumulación de poder, dependencia de recursos volátiles y falta de inversión privada llevaron al desastre. El socialismo a la boliviana prometía justicia social, pero terminó profundizando desequilibrios, restringiendo libertades económicas y perpetuando el caudillismo de un personaje oscuro y hasta criminal.

La lección es clara y el sarcasmo indispensable: cuándo uno cree que el socialismo (o alguna versión del “cambio” romántico) puede eternizarse por decreto, termina cayendo por su propio peso. Bolivia lo hizo sin dramas. En Venezuela y en Cuba se mantiene a punta de la más feroz represión. Esperemos que en Colombia el petrismo salga por la puerta de atrás. El socialismo latinoamericano, si hace cine, hoy estrenaría una duro drama de época: “Auge y caída de un modelo fracasado”.

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