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Desian los arrieros viejos que “cuando partía de esta vida un caballo era porque su existencia había sido entregada al destino para que ese día no muriera un cristiano”. Con esas le salía Manuelito Londoño, un encargado del yegüerizo, a mi padre, para aliviarle el disgusto y la tristeza cuando un cólico maldito se nos llevaba un pobre animalito.
Te cuento, Pablo, hermano querido, que nos dejó esta madrugada nuestro precioso amigo “Baroja”, mi caballo consentido. Se lo llevó a otra vida la negra noche, como a su hermano, tu famoso Chenel. Se murió mi caballo más bonito. El más noble, el más bueno que he tenido desde que el destino me sacó a las malas de los ruedos y me aventó a las lidias mundanales de la vida.
Se murió mi caballito. Se llevó el destino a un gran artista que hizo honor a su sangre torera y bailadora, consagrada por su origen al esplendor del rejoneo. Se nos fue el nieto de Cagancho, que hizo grande a su jinete entre los maestros de nuestro noble oficio; se nos fue el hijo del gran Gallo, padre de la más poderosa dinastía de caballos toreros que ha existido, el de Moura y de Hermoso de Mendoza, que llevaba en sus adentros la esencia del milenario arte del toreo a caballo.
Se llevó la vida el caballo de mis sueños, el majestuoso garañón que fuera mi último maestro. El que de mi alma quitaba penas, angustias, tristezas, rabias y despechos; el que, galopando, me llenaba de alegría el sentimiento y me sacaba de este mundo injusto que tanto maltratamos los humanos.
Se murió mi noble compañero galopante y se llevó un pedazo de mi vida con la suya. Ahora solo quedan los recuerdos de sus relinchos, de su belleza, poderío y torería. Se fue a correr por los cielos, a deleitar con sus retozos el descanso de todos los demás artistas gladiadores que me hicieron caballero y, en las plazas de gloria, me llenaron.
Se murió mi caballito torero, el que entregaba los pechos de frente y, desde adentro, abriendo sus brazos, daba gracias a la vida, matando el tiempo para juguetear con el destino. Se murió solo en la noche, toreando ese último toro, el de la parca traicionera que no perdona y en silencio nos reclama cuando quiere para separarnos de este mundo.
Se fue mi caballito volador, el que llenó mi vida de recuerdos, de aventuras y osadías. Qué solas se quedaron mis espuelas, tu bocado, tu montura; que solo queda ese templo donde a diario juntos agradecimos a la creación por el sublime sentimiento que produce la felicidad de cabalgar.
Se ha ido al cielo, donde van las almas de todos los caballos. Cuánto quisiera que me hubieras esperado y que hubiese sido un toro bravo el que nos mandara juntos a galopar por las estrellas y a torear las embestidas de luceros y centellas.
(Alegoría al Caballo Torero “Baroja” del Hierro de Pablo Hermoso de Mendoza). Mayo 16, 2026.
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