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Analistas 19/01/2021

Nuevo rumbo para Washington

Esta semana se cerrará el que para muchos ha sido considerado el desacierto más grande en la historia política de los Estados Unidos de América. No obstante, también para otros muchos, existe una profunda desilusión de ver cómo su “ídolo político” tendrá que abandonar la Casa Blanca y dar paso a un miembro del partido opositor. Trump abandonará mañana su posición y, aunque sea en contra de su voluntad, tendrá que ver con nostalgia cómo Joe Biden se apropia del cargo más importante de la Unión Americana. Entre otras cosas, lo que se vislumbra en el corto y mediano plazo, es un evidente reacomodamiento del poder de Washington en el escenario internacional.

En medio de un panorama desolador, dado que no se permitirán las multitudes en todo el entorno a la Explanada Nacional (National Mall), los pocos testigos de la inauguración de Biden apenas sentirán el acompañamiento de los monumentos patrios. Por lo demás, y como consecuencia de los escabrosos efectos que la covid-19 deja a diario en el país, quienes deseen seguir de cerca el acontecimiento, tendrán que conformarse con la señal televisiva o de algunos medios autorizados.

Contrario a esa soledad, lo que está generando un escenario lo suficientemente tenso y de total desconfianza, es la posibilidad de que se repitan los acontecimientos violentos de hace unos días. Para evitar que eso suceda, viene desde días atrás un dispositivo de seguridad inédito en la capital estadounidense. Pero, después de todo, hay cosas más importantes que la posesión. Ahora es que empieza el trabajo para Biden y su equipo de gobierno, pues el país no sólo está sacudido por la pandemia, sino que además va en caída libre hacia la pérdida del protagonismo que por décadas ha mantenido en los diversos sistemas internacionales.

Biden, junto con su vicepresidenta Harris, darán comienzo a una manera diferente de hacer política, tanto doméstica como internacionalmente. La tarea es complicada, no solo por el enorme daño hecho por Trump a lo largo de su administración, sino también porque el desprestigio estadounidense en el ámbito global viene desde la primera década de este siglo cuando como consecuencia de la crisis económica y financiera de 2008, se demostró la incapacidad del país para enfrentar un problema generado por el mismo sistema que había creado años atrás.

Dentro de las prioridades que Washington tiene en materia internacional se encuentra la relación con China, como segunda economía del mundo. Las confrontaciones económicas y comerciales en las que Trump introdujo la relación bilateral deberán ser corregidas, sin perder de vista que ese tema de la balanza comercial seguirá siendo un asunto por resolver. Así mismo, el papel que ocupa Estados Unidos en los diferentes esquemas de integración regional será una cuestión que ocupe mucho del tiempo que se le dedique a lo internacional en el nuevo gabinete. Además, claro está, el desempeño y compromiso estadounidense en las organizaciones internacionales a las que Trump dio la espalda, mientras posaba para aparecer en fotografías con el dictador norcoreano, Kim Jong-un.

Frente a América Latina, por ejemplo, será importantísimo que se retome la relación expuesta por Obama, antes de 2016, y que se caracterizó por una empatía con la región y un claro compromiso colaborativo frente a los que consideraba aliados regionales importantes.

A Washington le queda por delante reacomodarse en un escenario multilateral en el que ya otorgó grandes ventajas. Ante cada desacierto de Trump, sus contrapartes se frotaban las manos y tomaban ventaja de la torpeza política del magnate en materia global. Ahora vienen años de recomposición del diálogo internacional y de tratar de recuperar los espacios perdidos. Sin embargo, no será nada fácil que los actores que mejoraron su posición a expensas de la soberbia expuesta por el gobierno estadounidense, acepten reversar el protagonismo alcanzado.