Analistas

¿Es la izquierda tan corrupta?

Ante las circunstancias judiciales en las que se hallan involucradas figuras de la política regional, surgen variadas hipótesis o, por lo menos, algunos cuestionamientos, dentro de los cuales podrían destacarse dos que terminan contrariándose. Por un lado, al parecer, la izquierda de América Latina es tan corrupta como las tradicionales oligarquías, dueñas del poder durante décadas. Pero contrario a ello, podría señalarse que es tan bien maquinada la persecución a la izquierda de la región que hace ver a sus líderes tan corruptos como han sido algunos oligarcas latinoamericanos. Pero, ¿hacia dónde inclinarse para solventar estas hipótesis?
Los casos de Venezuela, Perú y Brasil son, entre otros, útiles para analizar algunos referentes respecto al nivel de corrupción y mal manejo de la administración pública desde el espectro, tanto de la izquierda radical, como de la más progresista.
En primer lugar, el caso venezolano, que ha superado cualquier nivel de expectativas referidas con la torpeza de un hombre considerado jefe de Estado, ratifica la sentencia de que la izquierda radical no tiene posibilidades de perdurar en el poder por periodos de tiempo importantes, sin hacer uso de la represión.
En la jornada del fin de semana, en la que los dirigentes bolivarianos se gastaron lo que no tenían, en una simulación que procuró neutralizar la voz de un alto porcentaje del pueblo inconforme con el seudo-gobierno que habita en el Palacio de Miraflores, quedó en evidencia que ese capricho de una Asamblea Constituyente, amañada como la quieren, no remediará las dificultades internas en las que se encuentra el país. Sin ser datos absolutos, el hecho de encontrar participación de más de 7.186.000 electores, y que, de acuerdo con los sondeos iniciales, el máximo porcentaje se orienta a rechazar la citada Asamblea, corrobora el final del proceso iniciado por Chávez en 1998.
En Perú, el expresidente Humala y su esposa Nadine Heredia fueron enviados a prisión, con carácter preventivo, acusados de lavado de activos y asociación ilícita para delinquir. Los supuestos delitos de los que son acusados están directamente relacionados con la amplia red de sobornos de la firma Odebrecht. Con su detención se abre otro capítulo que deberá resolver el poder judicial peruano, en una región latinoamericana donde la división entre las ramas del poder se hace cada vez más difusa. En general, en América Latina, el tradicional “Check & Balances” legado por el liberalismo político, funciona con excesivas imperfecciones.
Entre tanto en Brasil, el poder judicial condenó también la semana anterior al expresidente Lula Da Silva -sin determinar aún su encarcelamiento-, a nueve años y medio de prisión por (supuestos) delitos similares a los que se está acusando a Humala y su esposa. Su reacción envuelve una cantidad de acusaciones contra el poder judicial brasileño, de estar aliado con fuerzas oscuras para querer sacarlo de la próxima carrera por la presidencia. De una segunda instancia dependerá que su condena se haga efectiva y que, por obvias razones, se excluya de la posibilidad de retornar a la presidencia brasileña.
Con este panorama es inevitable que existan algunos (muchos) interrogantes contrapuestos. Hoy se preguntan los latinoamericanos: ¿es la izquierda de la región tan corrupta como tradicionalmente demostró ser la derecha que se afilió a los regímenes represivos en épocas de Guerra y Posguerra Fría? ¿Es la izquierda regional tan débil e ingenua que permitió ser envuelta por, y en las tramas e hilos del poder tradicional enquistado en las estructuras políticas en América Latina?
Corresponde a los estudiosos sobre la región descifrar el dilema desde toda perspectiva. Pero, sobre todo, es una obligación difundir los hallazgos con objeto de otorgar reconocimiento solo a quien los merece y castigar, en toda modalidad posible, a quienes persisten en trazar rutas para el fracaso de la región.