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Analistas 08/04/2026

Cuando la junta no agrega valor

Leticia Ossa Daza
Socia Directora Práctica LatAm Paul, Weiss NY

l rol de una junta directiva es claro: supervisar, acompañar y, en momentos críticos, incidir en decisiones que definen el rumbo de una organización. Sin embargo, en la práctica ese rol puede ser más ambiguo, y muchas juntas siguen oscilando entre lo formal y lo simbólico, entre la validación de lo que ya está decidido y la intervención tardía, cuando los problemas ya son evidentes.

Ese desfase importa hoy más que nunca. Las decisiones que enfrentan las compañías -desde la asignación de capital en entornos de tasas volátiles hasta la adopción de inteligencia artificial o la exposición a riesgos geopolíticos- son demasiado complejas para recaer únicamente en el equipo ejecutivo.

La diferencia entre una junta que cumple y una que agrega valor no está en su existencia, sino en la calidad de las conversaciones que es capaz de generar.

Las juntas de compañías globales, que tienen un gobierno corporativo más maduro, han sido determinantes en decisiones estratégicas que redefinen negocios completos: desde la presión para acelerar transformaciones digitales hasta cuestionamientos sobre asignación de capital o cambios en liderazgo ejecutivo. En esos contextos, la junta no reemplaza al management, pero sí eleva el nivel de exigencia, introduce perspectivas que no existen dentro de la organización y, sobre todo, evita caer en la trampa de la validación automática.

En América Latina, ese estándar todavía es desigual. Existen casos donde juntas altamente profesionales han sido clave para escalar compañías, atraer capital y navegar transiciones complejas. Pero también persisten estructuras donde la cercanía personal, la representación accionaria o la deferencia al equipo ejecutivo limitan el debate real. El resultado no suele ser una mala decisión evidente, sino algo más sutil: decisiones que podrían haber sido mejores.

Una junta efectiva no es la que interviene más, sino la que interviene mejor. Eso exige independencia real, no solo formal, sino intelectual; diversidad de criterio que vaya más allá de perfiles similares con trayectorias parecidas; y un entendimiento del negocio que permita hacer las preguntas correctas en el momento oportuno.

En decisiones de M&A, por ejemplo, el valor de la junta no está en aprobar la transacción, sino en tensionar los supuestos, cuestionar el timing u abrir alternativas que el equipo ejecutivo, por cercanía al proceso, puede no estar viendo. Lo mismo ocurre en momentos de crisis, donde la diferencia no es quién tiene la respuesta, sino quién logra ampliar el marco de la discusión antes de actuar.

El reto para la región no es adoptar estándares formales de gobierno corporativo, sino internalizar el verdadero propósito de una junta: mejorar la calidad de las decisiones estratégicas. Eso implica pasar de juntas que validan a juntas que construyen, de juntas que reaccionan a juntas que anticipan, y de juntas que existen a juntas que realmente influyen en la creación de valor.

Porque, en un entorno cada vez más exigente, la fortaleza de una compañía ya no depende solo de su equipo ejecutivo, sino de la capacidad de su junta para cuestionarlo, complementarlo y, cuando es necesario, reforzarlo.

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