Analistas

Mis primeros 40 años (primera parte)

Cuando yo tenía 11 años de edad, el gran Jorge Barón publicó su libro “Mis primeros cuarenta años”. Quería leerlo pero mi papá no me lo quiso comprar. Hoy, que soy yo quien llega a sus primeros cuarenta (y espero no haya segundos), es el momento de leerlo. Un señor de 40 ya era un viejo para mí; hoy no veo un vejestorio en el espejo, pero sí noto que hay un montón de detalles que nos alejan de las nuevas generaciones. La tecnología de la época nos permitió a los cuarentones desarrollar una serie de competencias que nos caracterizan:

1. Barón cuenta que un un viaje uno de sus hijos le dijo: “papá, estoy escribiendo un libro sobre tu vida pero me faltan unos detalles de tu infancia”… ¿Perdón? ¡Casi lloro! Parece una escena tan antigua, tan de ficción. Eso hoy ya no pasa, el niño no escribe y mucho menos sobre el papá y no hay ese espacio para conversar en familia. ¿Para qué si cada uno tiene un celular?

2. Barón se hizo rico porque su papá un día no le prestó el carro. Le dijo: “¡Trabaje y compre el suyo!”. Eso lo impulsó a trabajar y tener lo suyo. Hoy, cada adolescente clase media y alta tiene su pase y luego su carro al entrar a la universidad. ¿Y el reto? ¿Y el esfuerzo?

3. Tener 40 significa que hemos pasado la primera mitad de nuestra vida sin internet y la otra mitad con internet. Nadie más se puede jactar de eso. Somos sobrevivientes del no-internet y sabemos que no todo tiene que ser inmediato.

4. Estamos hechos a prueba de solo dos canales de TV que no eran 24 horas. Desarrollamos competencias como la paciencia pues al llegar del colegio debíamos esperar hasta las 4:30 p.m. para ver algo en TV: Plaza Sésamo. Mientras tanto, no teníamos problema en ver “Catequesis grado segundo” o “Matemáticas grado tercero”, así estuviéramos en grado quinto.

5. Por cierto: Plaza Sésamo, Imagínate y Pequeños Gigantes nos insertaron en el cerebro a punta de canciones, que debíamos ser creativos y utilizar nuestra imaginación. Por eso un buen cuarentón sabe resolver conflictos rápidamente y no se sienta a llorar por un Unfollow.

6. No podíamos enviarle un tuit a nuestros actores favoritos, pero sacábamos nuestra máquina de escribir para redactar una carta felicitándolos por el programa. A los dos meses recibíamos a vuelta de correo una foto autografiada. El bello arte de esperar y de recibir una recompensa no inmediata.

7. Y ese hermoso arte de esperar lo experimentábamos también cuando después de cinco horas nos contestaban el teléfono en 88.9 o en RadioActiva y podíamos pedir nuestra complacencia. Luego, un par de horas más con un caset virgen listo en la grabadora, el REC y el Pause oprimidos al tiempo para desactivar este último tan pronto escucháramos la primera nota de nuestra canción favorita y al fin tenerla en nuestro poder. ¿Dónde está esa adrenalina hoy en Spotify?.

Esta historia continuará…