Analistas

Identidad

GUARDAR

Contrario a la simplificación que hace la teoría económica tradicional al asumir que los humanos maximizan una función objetivo, la dignidad y la necesidad de reconocimiento juegan un papel esencial en la vida de las personas. De hecho, durante los últimos años el mundo ha experimentado el ascenso de la política de la identidad, no sin consecuencias nefastas ni riesgos inminentes como los que se vislumbran en la región.

En su más reciente libro “Identidad. La demanda por dignidad y la política del resentimiento”, Francis Fukuyama analiza los principales fenómenos políticos del mundo a partir de los conceptos de identidad y dignidad. Siguiendo una larga tradición en el pensamiento occidental, el autor señala que, más allá de los placeres básicos y de aquellos donde prima la razón, los seres humanos tenemos una necesidad esencial de dignidad, de ser reconocidos por otros.

Fukuyama señala que la identidad, el reconocimiento y la dignidad están desplazando otras agendas en la política reciente. Por ejemplo, los sectores de izquierda durante el siglo XX buscaban reivindicaciones de carácter socioeconómico y para esto intentaban atizar la identidad de clase. Hoy los partidos de izquierda incorporan los intereses de grupos más específicos, percibidos históricamente como marginados, como mujeres, población Lgbti, inmigrantes, o afrodescendientes.

Por su parte, la derecha ha buscado redefinirse, restando importancia a la promoción del sector privado y un menor tamaño del Estado, para dar mayor énfasis a la protección de la identidad nacional tradicional. “Make America Great Again”, así como los discursos de desprecio a los inmigrantes y los ultranacionalistas, incorporan la idea de un tercero despojador que ha hecho una afrenta a la dignidad nacional.

Así, de la mano del ascenso de movimientos que buscan reivindicaciones de grupos que han sido vulnerados, el énfasis identitario en la política moderna también ha permitido el impulso de agendas nacionalistas. En ellas, el sentimiento de pérdida de dignidad, o un insuficiente reconocimiento, resultado de las condiciones económicas y sociales, ha logrado movilizar a millones de personas a lo largo del mundo.

Esto preocupa en la región, donde al tiempo que se exacerban los nacionalismos, el colapso de la dictadura de Maduro amenaza con convertirse en una confrontación armada con costos incalculables. El gobierno de Trump – mejor ejemplo del triunfo de la política identitaria – amenaza con el envío de tropas a Venezuela; en Brasil, un Bolsonaro aupado en el desprecio a las minorías apoya la intervención militar.

Mientras tanto, desde nuestra pobre alta diplomacia se celebra el eventual envío de tropas contra la dictadura, que entre sus desmanes protege al ELN, nuevo enemigo público número uno y conveniente némesis de un gobierno sin agenda.

Del otro lado, Rusia, experta en exacerbar nacionalismos a lo largo del mundo, envía mercenarios a Venezuela a respaldar militarmente lo moralmente indefensible. Y Maduro, acorralado por la comunidad internacional y el desprecio del pueblo venezolano, incita el rechazo a todo lo que suene a Estados Unidos o Colombia, chivos expiatorios de un estruendoso fracaso.

Cada uno se siente desposeído, vulnerado, por un “otro” que es responsable de sus problemas. Todos, tal vez sin saberlo, presionan lentamente el detonante de identidades exacerbadas.

LA REPÚBLICA +

Registrándose puede personalizar sus contenidos, administrar sus temas de interés, programar sus notificaciones y acceder a la portada en la versión digital.

GUARDAR
MÁS LR

Agregue a sus temas de interés

MÁS LR

Agregue a sus temas de interés