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Analistas 03/09/2021

En manos del hampa

Juan Manuel Nieves R.
Estudiante de Comunicación Política

Son cada vez menos aislados los casos de robo a mano armada en la capital del país; solo esta semana se cuentan tres atracos a restaurantes en distintas zonas de la ciudad; la inseguridad no da tregua y las medidas hasta el momento brillan por su ausencia.

Bogotá no es la única ciudad que se ha enfrentado al crimen; a todas las capitales les ha tocado y algunas han tenido un resultado satisfactorio. Si bien lo primero que se reclama es mayor presencia policial, dicha medida es limitada debido al número de integrantes de la fuerza pública y el patrullaje constante no necesariamente trae la reducción de delitos.

En 1970 en New Jersey hubo un estudio sobre los agentes que patrullaban las calles: a casi ninguno le gustaba, tenían que soportar frío, lluvia, sentían que perdían el tiempo y era considerado un castigo para los policías tener que patrullar. Finalmente, las estadísticas demostraron que patrullar poco servía para enfrentar la criminalidad a pesar del reclamo de los vecinos.

La Policía en esa ciudad generó una alianza tácita con los vecinos; los agentes empezaron a reconocer las personas habituales en los barrios y generaron zonas de tolerancia cero con cualquier tipo de infracción, como consumir licor en las calles, arrojar papeles fuera del basurero, poner música o gritar fuera de las horas permitidas. Así, los vecinos empezaron a acatar las reglas y cualquier extraño era fácilmente identificado; la Policía, con la colaboración, actuaba más rápido y lograron así reducir el crimen.

George Kelling y Catherine Coles escribieron el libro: ‘Arreglando las ventanas rotas’, con una premisa sencilla: una ventana rota que no se arregle traerá vándalos que rompan otras hasta que entren en el edificio, lo ocupen o prendan fuego. Es decir, la seguridad comienza por los pequeños detalles: teniendo limpias las calles, sin huecos, erradicando los rayones y los grafitis de las paredes como hicieron en Nueva York en los 90 donde se castigaban los colados, se limpiaron las paredes del metro, los limpiavidrios fueron reubicados en trabajos, los vecinos colaboraban con sus casas limpias y hasta orinar en la calle era efectivamente penalizado. Estas ideas, que funcionaron, a nuevos teóricos parecen pasadas de moda; lo malo es que el hampa es la misma y aquella permanece vigente.

Hay que hacer algo, no se puede seguir en manos del hampa, no es justo que los ciudadanos caminen con miedo y ya no puedan estar tranquilos ni en un restaurante; sería bueno que se estudiaran de nuevo estas medidas que han funcionado, el problema es que hay que estar atentos a los detalles, trabajar con policía y ciudadanos, no permitir que acaben las paredes; y esperpentos como el daño al monumento de los héroes, deben corregirse al instante; lo malo es que hay sectores incluyendo partes de la administración, para los que un colado en Transmilenio, un hueco, una pared rayada no son un problema y para que esto funcione hay que estar pendiente de esos no tan pequeños detalles.