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Emprender o no emprender

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Soy emprendedor. Cuando me invitan a alguna universidad para hablar sobre emprendimiento y contar mi experiencia personal, siempre comienzo el conversatorio pidiendo a los estudiantes que levanten la mano aquellos que alguna vez han pensado ser emprendedores. Ya no me sorprende ver tantas manos arriba; por el contrario, me parece hasta lógico, conociendo las aspiraciones de los centenials.

Acto seguido, comienzo a preguntarles aleatoriamente por qué quieren ser emprendedores y no empleados de una organización, aclarando que ninguna de las dos opciones es buena o mala en sí. Mientras contestan, voy construyendo -con la ayuda de ellos mismos- una tabla de pros y contras de ser emprendedor vs. empleado. Una vez terminada la tabla, les cuento que ese mismo ejercicio lo realicé hace unos años con mi papá, que también es emprendedor, cuando yo era estudiante universitario y estaba pensando a qué me quería dedicar.

Después de dar varias veces esta conferencia en distintos escenarios, me he dado cuenta que las razones de los jóvenes para querer ser emprendedores son casi siempre las mismas: no tener jefe, libertad de horario, ganar dinero, cambiar el mundo, innovar con un producto o servicio, generar empleo, entre otras. Sin embargo, cuando les cuento mi experiencia personal, se dan cuenta que desconocen lo que implica ser emprendedor; efectivamente -les digo- un emprendedor no tiene jefe, pero ¿acaso los clientes no terminan convirtiéndose en los jefes? Un emprendedor supuestamente tiene libertad de horario, pero ¿no le tocará trabajar a veces los sábados, domingos y festivos para cumplir con un pedido?

También les hablo de temas más complejos, como la dirección de personas: ¿En qué materia de la universidad les han enseñado a despedir a alguien? Y no me refiero a calcular una liquidación sino al hecho de comunicarle a una persona que se va a prescindir de sus servicios. O a la hora de contratar a alguien, ¿les han enseñado a realizar una entrevista laboral?

Al final, los grandes determinantes para que una persona decida emprender son la capacidad de asumir riesgos y de soportar -incluso disfrutar- el altísimo nivel de incertidumbre que traen consigo los emprendimientos, pues cada día es una montaña rusa: impredecible. Hace poco me decía una alta ejecutiva de una entidad financiera, que ha conocido muchas historias de emprendedores, cuando le pregunté si no le gustaría tener su propia empresa: “Ah, no. Yo prefiero que cada mes me llegue mi chequecito, trabajar de 8am a 5pm, que me liquiden mis vacaciones, y que cada año me den el bono si he cumplido mis metas”.

El emprendimiento es algo que no se puede enseñar, pues es puramente experiencial, es decir, que se aprende mientras se avanza, así como a nadar se aprende nadando. Sirven las historias de emprendedores exitosos, los ecosistemas creativos de las universidades, los concursos, las clases de administración, pero al final, es cada uno quien debe decidir y lanzarse a recorrer su propio camino.

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