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Tras una pelota dividida, que intenta controlar un defensor suizo, el delantero colombiano se queda con el balón en el área, después de bajarlo con el pecho. Es el minuto 114. La pelota le queda en la pierna izquierda.
Con su zurda remata por encima del arco y envía el balón a la tribuna. Luego vino la lotería de los penales, y el resto es historia. Una oportunidad perdida.
El partido fue hace un mes, un 7 de julio. Hoy, con el Mundial ya en el baúl de los recuerdos, Colombia se prepara para el inicio de un nuevo gobierno, dejando atrás la presidencia de Gustavo Petro.
Más allá de las críticas que desde un principio advertían sobre falsas promesas y soluciones simplistas, el balance al sonar el pitazo final es que el gobierno de Gustavo Petro fue una oportunidad perdida.
Petro inició su mandato con una alta popularidad y un amplio capital político. Muchos colombianos, cansados del estancamiento en distintas dimensiones de sus vidas tras el frenazo de la economía en 2015 y la crisis asociada a la pandemia, depositaron sus ilusiones en un proyecto político que supo leer el momento histórico mediante promesas de cambio y una narrativa seductora.
Sin embargo, rápidamente el estilo de gobierno, sus prioridades y su forma de ejecutar las políticas públicas evaporaron esas esperanzas. El gobierno de Gustavo Petro fue errático, por no decir caótico. Temas importantes como el registro universal de ingresos, el transporte multimodal y la transición energética, entre otros, avanzaron muy poco por la falta de método, la alta rotación de funcionarios y la ausencia de seguimiento a iniciativas que fueron parte de las promesas de cambio.
Este desorden administrativo estuvo acompañado, además, por un desprecio por lo técnico y por la incapacidad de diálogo y concertación. Los funcionarios más técnicos del gobierno se fueron perdiendo en el camino y, con el paso de los meses, los criterios para ocupar posiciones de liderazgo parecieron privilegiar la ideología y las lealtades personalistas. Las conversaciones técnicas se hicieron cada vez más difíciles e, incluso con espíritu constructivo, quienes quisimos aportar desde el análisis nos encontramos -con algunas excepciones- sin interlocutores dentro del Gobierno. En el caso de la salud, sorprendió la falta de voluntad para alcanzar acuerdos mínimos y escuchar a los actores más relevantes.
A ello se sumó una actitud desafiante frente a las instituciones del país, en una búsqueda por debilitar el sistema de pesos y contrapesos. También deben mencionarse decisiones de política pública que, lejos de resolver problemas, terminaron agravándolos. La incertidumbre generada alrededor del futuro del sector de hidrocarburos y minería nos deja hoy con crecientes preocupaciones en materia de soberanía energética. La llamada paz total, por su parte, lejos de fortalecer la seguridad y la confianza en los territorios, terminó fortaleciendo a grupos armados ilegales y dejando a muchas comunidades indefensas.
Como cereza de un agrio pastel, quedan los múltiples escándalos de corrupción, despilfarro y derroche que evidenciaron un desdén inexcusable por el manejo de los recursos públicos. Petro hubiera podido ser un líder de izquierda técnico y conciliador, rodeado de personas competentes y capaz de impulsar transformaciones importantes dado su inicial capital político. No fue así. El balón cayó en la tribuna.
Debe fomentarse la multimodalidad en la educación superior pública, dado que hasta ahora el esfuerzo innovador en esta materia ha sido liderado principalmente por el sector privado
La explicación económica tiene sentido intuitivo, y es que cuando el mercado ya está nervioso por la trayectoria de la deuda, un aumento de impuestos no logra comprimir las primas de riesgo soberano ni generar la señal de credibilidad que sí transmite un recorte estructural del gasto
Para nosotros en la región Caribe es fundamental comprender que el consumo nacional alcanzó los 7300 gigavatios/hora durante el pasado mes de junio, lo que significó un incremento del 6,5 % con respecto al año anterior