MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
Se perdió tanto tiempo sosteniendo un relato negacionista frente a las alertas del sector energético que al Gobierno el agua le llegó al cuello: apenas esta semana admitió que Colombia camina por el filo de un apagón. Esta ceguera voluntaria retrasó decisiones fundamentales para enfrentar la crisis, que deben ir desde el fortalecimiento de la energía de respaldo y la aceleración de proyectos, hasta campañas agresivas de ahorro.
Mientras el discurso oficial minimizaba las alertas, la vulnerabilidad del sistema eléctrico seguía creciendo en silencio. No es un secreto que arrastramos tres décadas de mala planeación que dejaron al país en una situación de fragilidad estructural; sin embargo, hoy el panorama es más crítico. Colombia enfrenta en simultáneo un déficit de gas, una alarmante escasez de energía firme y un estrés energético que amenaza la estabilidad del suministro nacional. La peor parte la muestran los números oficiales: para el periodo 2026-2027, la proyección del déficit de oferta de energía en firme (Oef) ya se ubica en 3,9 TWh-año.
El panorama se agrava con el quiebre financiero de las comercializadoras, empujadas al colapso por la morosidad del Gobierno en el pago de los subsidios. A este frente se suma el freno de mano que tienen los proyectos de energía renovable, retrasados por fallas de gestión y barreras regulatorias que impiden robustecer la matriz energética. Todo esto ocurre mientras el reloj corre en contra y el fenómeno de El Niño amenaza con una nueva sequía, una combinación que puede terminar de romper la frágil capacidad de respuesta de nuestro sistema eléctrico.
No es la primera vez que el país camina por este filo. La historia demuestra que la parálisis en la toma de decisiones y las deficiencias de planeación se traducen en racionamientos severos, con un costo económico y social incalculable. Si bien en los últimos años la fortuna de unas lluvias providenciales nos salvó de revivir el apagón, confiar la estabilidad energética a la suerte es una irresponsabilidad. Los problemas de fondo del sector siguen sin resolverse, condenando al sistema a una fragilidad constante ante los rigores del clima.
Hoy, a pesar de los golpes del pasado, tropezamos con la misma piedra. Nos enfrentamos a las consecuencias de un fenómeno de El Niño que estaba cantado y para el cual debimos prepararnos mejor. La crisis actual desnuda un sistema eléctrico exhausto, al que ya no se le puede exigir un kilovatio más sin arrastrarlo al colapso. El margen de maniobra se extinguió; el fantasma del apagón ya no es una advertencia para el futuro, sino una realidad que nos respira en la nuca.
¡Qué tristeza ver al país nuevamente expuesto a la amenaza de un apagón eléctrico! Una vez más, nos tocará pagar la factura de la lentitud, la falta de previsión y la incapacidad de liderar un cambio real en nuestra matriz energética. Sabiendo de antemano el golpe fulminante de El Niño sobre nuestro territorio, el camino obligado era acelerar la entrada de las energías renovables y blindar el sistema con soluciones audaces. La torpeza en la prevención de problemas solo muestra a Colombia como un país atrasado energéticamente.
Actualmente, la deuda del Gobierno con las empresas del sector eléctrico asciende a $6,1 billones, de los cuales $2,4 billones corresponden al saldo de la opción tarifaria