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La minoría secuestradora

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El informe que presentó Oxfam (2014. Gobernar para las Élites. Secuestro Democrático y Desigualdad Económica) a la reciente cumbre de Davos llama al sentimiento de indignación por la constatación de dos hechos alarmantes. El primero es la enorme concentración de la riqueza: el 1% de las personas posee el 46% de la riqueza del mundo. Y el segundo, es la forma como estas élites ricas han secuestrado los gobiernos. La captura del Estado ha permitido que las legislaciones de los países creen condiciones favorables para que el proceso de acumulación aumente.

La inequidad en el mundo ha llegado a niveles sin precedentes. En su discurso sobre el estado de la Unión, el presidente Obama mostraba su preocupación por el aumento de la desigualdad en los Estados Unidos. Sobre las consecuencias negativas que tiene el deterioro de la clase media se han expresado de manera reiterada premios Nobel como Krugman y Stiglitz. Y Obama, como el mejor keynesiano, propone aumentar el salario mínimo. A diferencia del pensamiento predominante en Colombia, Obama sabe que cuando el salario sube la productividad aumenta, la demanda crece y los problemas sociales se atenúan. Es el mundo maravilloso de Keynes: felicidad presente para lograr mayor felicidad mañana. La otra versión, la del Gobierno colombiano, insiste en que las lágrimas de hoy son la condición para la felicidad futura. Este camino no garantiza la bienaventuranza y, en cambio, sí acentúa la desigualdad y la indignación. 

Obama y Oxfam rescatan las virtudes del pensamiento keynesiano y proponen una redistribución inmediata de la riqueza, con el fin de que todos podamos vivir mejor. La aplicación de la fórmula distributiva keynesiana puede ser inmediata. No es necesario esperar. Ya mismo se podría modificar la distribución de la riqueza, a través de impuestos progresivos. Pero esta solución, que es evidente, ha sido bloqueada por los grandes ricos que secuestran los gobiernos.

La captura del Estado ha tenido una implicación dramática: la tarifa de los impuestos directos ha caído, incluso en países con una larga tradición distributiva. Oxfam compara las tasas marginales máximas de los impuestos directos entre 1975 y 2010. En Suecia, la tarifa marginal pasó de 90% a 60%. En el Reino Unido, de 80% a 40%. En Estados Unidos, de 70% a 41%. En Francia, de 60% a 45%. En México, de 50% a 30%. En Alemania, de 55% a 45%. Se ha ido avanzando en una carrera de mínimos. Si un país insiste en mantener impuestos altos, los capitales emigran y se ubican en los países de menor tributación. Esta tensión siempre ha sido clara entre Estados Unidos y Canadá. Para mantener los altos niveles de bienestar social, Canadá tendría que aumentar los impuestos con criterios de progresividad. Pero si su vecino disminuye la tributación, a Canadá no le queda más remedio que participar en esta competencia de mínimos. Y los que fijan el mínimo minimorum son los paraísos fiscales. La amenaza de invertir en otro lado es una poderosa herramienta de los ricos. Y esta captura del Estado ha llevado a que en lugar de acabar con los paraísos fiscales, los gobiernos terminen reduciendo la tributación directa.

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