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La desigualdad fundamental

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El lanzamiento de la edición en español del libro de Piketty, El Capital en el Siglo XXI, es una excelente oportunidad para reflexionar sobre el progresivo aumento de la desigualdad. El desarrollo capitalista va consolidando una “desigualdad fundamental”, como la llama Piketty, que se expresa como r>g. El primer término, r representa la rentabilidad del capital. Y g es la tasa de crecimiento, del producto per cápita.

En el lenguaje de Piketty el capital está compuesto de: la suma total de activos no financieros (tierra, vivienda, inventarios comerciales, edificios, maquinaria, infraestructura, patentes, otro tipo de activos no financieros), los activos financieros (cuentas bancarias, fondos mutuos, bonos, acciones, diversas modalidades de inversión financiera, pólizas de seguros, fondos de pensiones, etc.), menos las deudas. Esta clasificación es amplia e incluye una variedad grande de activos. La riqueza es una acumulación de activos.

En los principales países europeos, durante un período extenso, de mil años, la rentabilidad del capital (r) creció 5%, promedio año y, entre tanto, el producto per cápita (g), creció 1,5%, promedio año. El ritmo del producto per cápita es similar al de los salarios. A medida que pasa el tiempo, la brecha entre los propietarios del capital y los asalariados se ha ido incrementando de manera exponencial. La diferencia anual, que es de 3,5 puntos, muestra que la riqueza aumenta a un ritmo considerablemente mayor que el de los salarios. La consecuencia de esta dinámica es evidente: los más ricos son cada vez más ricos. Y su ritmo de acumulación es superior al de cualquier asalariado. Este proceso lleva a que la desigualdad se acentúe de forma exponencial. El capitalismo, dice Piketty, implica una mayor concentración de la riqueza. Y esta tendencia se observa en los principales países del norte (Inglaterra, Alemania, Francia, Estados Unidos, etc.).

El autor advierte que la desigualdad fundamental es una constatación empírica, y no se debe entender como una ley. No obstante, el hallazgo es tan contundente que parece inmodificable. Piketty busca explicar la naturaleza del capital, y su respuesta es tajante: la dinámica del capital genera desigualdad. Y esta tendencia se presenta en todos los países en los que el capitalismo se ha consolidado.

Piketty se niega a caer en la trampa del historicismo alemán. No quiere ser determinista, pero reconoce las dificultades que se presentan cuando se busca cambiar una tendencia que parece contundente.

Piketty muestra que la diferencia entre el capital y el salario se ha modificado, sobre todos en la primera mitad del siglo XX cuando las guerras llevaron a una destrucción de gran parte del stock de capital. En estos años la desigualdad disminuyó. Una vez que terminó la segunda guerra mundial, la diferencia se volvió a consolidar, y hoy se ha intensificado la brecha entre la minoría rica (el uno por mil de la escala superior) y el resto de la población. Y la desigualdad tiene consecuencias negativas en el crecimiento. Primero, por el lado de la demanda, ya que la igualdad mejora la capacidad de compra de los asalariados. Y, segundo, la desigualdad ha sido una de las causas de la inestabilidad financiera.

Para Piketty la única forma de combatir la tendencia hacia la desigualdad es mediante impuestos. La tributación progresiva es el mecanismo más adecuado para mejorar la distribución del ingreso y de la riqueza.

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