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Ceguera macroeconómica

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En los diagnósticos sobre la situación económica es frecuente observar una especie de ceguera frente a hechos que son evidentes. El déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos que comenzó en 2001 apenas se está viendo ahora, como si se tratara de un fenómeno nuevo. El déficit ha crecido de manera continúa. En el 2001 era de -1,3% del PIB, y en 2014 fue de -5,2%. Mientras el déficit se acentuaba, el discurso oficial sobre la solidez de la situación económica subía de tono. Hace un año, en medio de un optimismo exagerado, el Ministro de Hacienda decía que después de China, la economía colombiana era la segunda que más crecía en el mundo.

Ahora, cuando se comienzan a aceptar las dificultades estructurales, se le atribuyen todos los males a la caída de los precios del petróleo y de los minerales. Esta percepción transmite un doble error. Primero, desconoce que la raíz del problema viene de mucho atrás. Y, segundo, le atribuye los males a causas externas, ignorando los errores de la política económica interna.

Los males vienen de atrás. Los datos son evidentes, y sin necesidad de hacer una evaluación cuidadosa de los tratados de libre comercio (TLC), es claro que la apertura ha sido hacia adentro. El país importa más de lo que exporta. Aún en medio de la bonanza de los hidrocarburos y de los minerales, las importaciones fueron superiores a las exportaciones. La industria y la agricultura se debilitaron. Lo sucedido en el sector rural es dramático. En lo corrido del siglo las importaciones de alimentos pasaron de 1 millón a 11 millones de toneladas anuales. Además de importar bienes básicos, el país se convirtió en un gigantesco sanandresito.

La causa del desbalance en la cuenta corriente es la política económica interna. Frente a la agudización del déficit, la salida más fácil es echarle la culpa a la caída de los precios internacionales. De esta manera, se desconocen los errores que se cometieron, comenzando por ignorar el diagnóstico. A pesar de que el ritmo de crecimiento de las importaciones superaba con creces el de las exportaciones, no se tomaron medidas para sembrar las bonanzas. Apenas ahora se comienza a aceptar que sí hubo enfermedad holandesa, y que la dependencia excesiva del petróleo y de los hidrocarburos, le hizo un daño estructural a la producción nacional. En los análisis de Planeación Nacional y del Ministerio de Hacienda nunca se reconoció la fragilidad de las economías de enclave. Las orientaciones de la política no buscaron consolidar el mercado interno, ni fortalecer la industria y la agricultura.

El deterioro del aparato productivo es de tal magnitud, que aún con la fuerte devaluación del peso, todavía las exportaciones no se recuperan. Para explicar este fenómeno, en la literatura se habla del “efecto J”. Inicialmente, y no obstante la devaluación de la moneda nacional, las exportaciones continúan disminuyendo. Es necesario esperar un tiempo hasta que el aparato productivo comience a responder. La incidencia de la devaluación en el estímulo de la actividad exportadora será más lento si, como sucede en Colombia, la estructura de la producción se ha debilitado.

La fragilidad productiva no es un hecho fortuito. El deterioro ha sido progresivo, y a pesar de que estaba a la vista de todos, no se tomaron las medidas para que los excedentes que iba dejando la bonanza se fueran convirtiendo en las bases de un crecimiento sostenido.

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