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Lafaurie quiso “vacunar” a Iragorri

Según definición de la Organización Mundial de la Salud, una vacuna es cualquier preparación destinada a generar inmunidad contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpos. Es una suspensión de microorganismos muertos o atenuados, o de productos derivados de los mismos. El método habitual para administrar las vacunas es la inyección. En 1796, durante la mayor expansión de la viruela en Europa, el médico británico Edward Jenner, observó que las trabajadoras lecheras adquirían ocasionalmente una forma de «viruela de vaca» conocida en inglés como -cowpox- por el contacto continuo con los animales. Esas mujeres, luego quedaban a salvo de enfermarse de viruela. Jenner entendió que el cuerpo aprendía a convivir con una pequeña dosis de la enfermedad y desarrollaba la forma para luego defenderse de ella. Posteriormente, Louis Pasteur en la parte final del siglo XIX hizo un experimento exitoso y a gran escala con varios tipos de animales y acogió el término “vacuna”. En homenaje a Jenner, lo denominó “vacuna” proveniente del latin “vacca”.

La palabra vacuna, y su connotación en nuestro país, se redefinió con la violencia desbordada de los años 80 y 90. Los guerrilleros y paramilitares de nuestro territorio se han financiado de secuestros, narcotráfico y otros negocios ilegales. Uno de ellos es el de cobrar un porcentaje de los ingresos a empresarios, especialmente industriales, ganaderos, comerciantes, campesinos y otro tipo de personas naturales y jurídicas. El colega Nicolás Rodríguez, no pudo definir mejor la palabra vacuna en una de sus columnas: “Quien dice “vacuna” dice campo. Dice vaca. O ganado. Tal vez alambre de púas. Y, por supuesto, paramilitarismo. Pero también guerrillas, que según los archivos de algunos medios digitalizados “vacunan” desde los ochenta. Vacunan los paras, vacuna la guerrilla y ahora vacunan las denominadas “bandas criminales”. La vacuna, el vacunar, tiene su propia historia. Y la gente se acuerda. Hay una memoria de la vacuna”.

Es curioso, por no decir trágico, que ahora en pleno enfrentamiento público del ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri; y José Félix Lafaurie, presidente de Fedegan, se haya mencionado un tema que tiene que ver con vacunas. Iragorri ha denunciado sobrecostos logísticos en el proceso de vacunación contra la temible aftosa, cifra que podría ascender hasta $5.000 millones que los ganaderos del país habrían pagado de más, por el contrato de administración de Fedegan en Friogan. Recordemos, como lo ha dicho públicamente el Gobierno, que tanto Friogan como el Fondo Nacional del Ganado, se encuentran en ley de reestructuración de sus pasivos, proceso judicial ante la Superintendencia de Sociedades (ver anterior 1). La Contraloría ha dicho que si no se paga la deuda de $70.000 millones que Friogan adquirió con el sistema financiero, y cuya garantía real son los recursos parafiscales de los ganaderos, se podría configurar detrimento patrimonial. Existen, según el promotor designado por la Superintendencia, al menos cinco ofertas de empresas colombianas que quisieran adquirir Friogan, pero el Gobierno está luchando para que los bancos acepten el plan de pagos y evitar el espiral de incumplimiento.

Aunque Fedegan es un gremio sin ánimo de lucro, administraba recursos del Estado, y su manejo de Friogan fue tan irregular que el ministro Iragorri decidió no renovar el contrato de administración en 2015. Desde ahí viene el enfrentamiento público al gobierno de Lafaurie, no sólo en una abierta oposición política, que sería válida si no fuera un dirigente gremial, sino en una serie de prácticas bastante cuestionables. Grabó al ministro en una de las juntas del Fondo Nacional del Ganado y manda el audio editado dos años después a los medios. Ha amenazado en privado al funcionario. En palabras del propio ministro, después de haber matado al tigre, ahora no se va a asustar con el cuero.  Iragorri no se dejará vacunar.