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El retorno del Jedi

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El Pentágono de Estados Unidos viene adelantando un proceso de conseguir un proveedor tecnológico para ampliar y desarrollar nuevas aplicaciones y servicios. La iniciativa es conocida como la nube de Infraestructura de Defensa de Empresas Conjuntas (Jedi por las siglas en inglés).

El objetivo es lograr que el flujo de información sea llevado a una nube sobre los millones de datos del Departamento de Defensa. Las compañías interesadas tienen plazo hasta hoy para presentar ofertas con los detalles de la solución respectiva. Se estima que el valor del contrato de computación en la nube asciende a US$10.000 millones, cifra no despreciable para la empresa que resulte ganadora.

La gigante multinacional Google descartó oficialmente competir en el proyecto. El anuncio de los últimos días resultó una sorpresa para el mercado tecnológico mundial. La explicación supone un gran debate ético. La puerta que abre la posición a la que fue llevada la empresa por algunos de sus empleados es novedosa y enorme.

En el comunicado de declinación de oferta, Google explicó que, de ganar el contrato, habría tenido un serio conflicto de intereses con sus propios valores corporativos. En junio el director de la empresa, Sundar Pichai, presentó los principios que debían guiar el desarrollo y uso de la inteligencia artificial.

La política de manejo de datos impide que Google trabaje con lo que denominaron “tecnologías que son o podrían ser nocivas” y en “armas u otras tecnologías cuyo objetivo principal o su implementación causarían o facilitarían un perjuicio físico a las personas”.

Es rescatable que más de 400 ingenieros que trabajan para Google presionaron para que la compañía no participara en la invitación del Pentágono.

¿Quién decide cómo y hasta dónde se van a analizar los datos? Sin conocer los detalles de las bases de datos que tienen en el Departamento de Defensa de Estados Unidos, preocupa que la multinacional, al declinar el negocio, deja en evidencia que el posible uso de la data supone un problema de seguridad, privacidad y ético.

En la literatura del siglo pasado el periodista y escritor británico George Orwell predijo con su “1984” algo que está sucediendo hoy con este fenómeno de las compañías que saben de nosotros, mucho más de lo que nosotros mismos a veces somos conscientes.

Con la localización, redes sociales y correos electrónicos, hoy una empresa de estas puede saber los comportamientos, hábitos financieros, de consumo, gustos, preferencias y puntos de contacto con la red de todos los individuos. Se materializó “el gran hermano”, personaje omnipresente que Orwell imaginó en su novela hace 70 años.

La escritora británica Rachel Botsman es una de las precursoras de la economía colaborativa. Es profesora de la Universidad de Oxford y es experta en las consecuencias que tendrá en el mercado la llegada de la economía digital. En su libro “¿En quién puedes confiar?: Cómo la tecnología nos unió y por qué podría separarnos”, publicado en 2017 antes del escándalo de Cambridge Analytica, expone los riesgos en los que la humanidad puede caer si no hay control riguroso de lo que se puede hacer con los datos de la gente.

El texto de Botsman se vuelve más que relevante para la gente de la industria de la tecnología. No podemos olvidar el riesgo de crear herramientas que no tengan un marco ético y luego se salgan de control. La regulación nunca será suficiente, usuarios y empresas deben aportar en auto control.

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