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Hiperconectividad, múltiples identidades y ansiedad

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Hace 50 años las opciones de comunicación personal estaban limitadas al uso del correo postal, los teléfonos fijos, el télex y el fax, sistemas que restringían la movilidad de los interlocutores y que al mismo tiempo eran medios donde el acceso estaba filtrado. Una dirección postal o un número telefónico estaban siempre atados a un lugar físico como una casa o una oficina y en la mayoría de los casos eran compartidos por varias personas. Hoy en día, con  la creciente penetración de los computadores personales, los teléfonos móviles y el incremento de la conectividad a través de internet, las opciones de comunicación local y de larga distancia han aumentado de manera exponencial. 

 
Dos personas, no importa en que lugar del mundo se encuentren, dependiendo de su nivel de conectividad pueden utilizar herramientas como los mensajes de texto, el correo electrónico, múltiples plataformas de mensajería instantánea, sistemas de video conferencia, en adición a las tradicionales llamadas de voz ya sean por la red conmutada o por medio del internet. Esta proliferación de herramientas de comunicación, genera a la vez un incremento en el número de “identidades” que todos debemos manejar y que nuestros amigos, clientes o conocidos deben conocer si desean interactuar con nosotros.  
 
Hoy en día, es normal encontrar en una tarjeta de presentación, una lista de esas “identidades” que va desde el tradicional número telefónico fijo, pasando por el móvil, el correo electrónico y en algunos casos los datos de contacto en redes como Skype y Twitter. A diferencia de lo que pasaba el siglo pasado, estas direcciones de contacto nos permiten una comunicación más directa, más expedita y sin barreras, lo cual en algunos casos puede ser contraproducente, particularmente cuando las personas que se quieren comunicar con nosotros no practican una mínima etiqueta a la hora de contactarnos sin importar que conozcan un sinnúmero de esas direcciones o identidades personales.
 
La mayoría de las personas tienden a escoger el medio de comunicación en función de la conveniencia para ellos mismos o de la aparente importancia que tienen el mensaje. Pareciera que en muchos casos no nos detenemos a pensar cuál de las diferentes posibilidades a nuestro alcance será la mejor no para nosotros mismos, sino para la persona con la que pretendemos comunicarnos o si realmente el contenido del mensaje o la razón de la comunicación justifican una interrupción generalmente molesta.  
 
El otro factor negativo que algunos de estos sistemas de comunicación “instantánea” generan, es aquella expectativa de obtener una respuesta en un tiempo muy corto sin considerar si la otra persona está ocupada o simplemente necesita tiempo para consultar algo o detenerse a pensar. Aunque suene lógico exigir una respuesta inmediata a un correo o un mensaje de texto, basados en la percepción de que llegan en  forma  casi  instantánea  al  destinatario, no se debe asumir que el interlocutor está pendiente de estos medios a todo momento.  A medida que se utilizan más estos sistemas de comunicación instantánea, durante los períodos de espera de una respuesta, los seres humanos nos condicionamos de la misma manera que sucedía en los experimentos del fisiólogo ruso Pavlov: el perro de Pavlov esperaba con anhelo el sonido de la campana que le indicaba que la comida ya estaba lista. Lo mismo hacemos los seres humanos esperando recibir una respuesta a un mensaje, volviéndonos inquietos e incrementando nuestro nivel de ansiedad, algo que repercute negativamente en la tarea que se esté desarrollando, afectando el grado de concentración al tiempo que se aumenta la fatiga mental. Estos problemas de concentración y el estrés generado por el bombardeo informativo y la ansiedad de comunicación pueden evitarse, además de creando unos hábitos de conducta con autodisciplina.
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