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Efectivo: un dinosaurio que se niega a morir

Visitar Bogotá, ya sea por trabajo o placer, siempre es una experiencia maravillosa. Hay cosas que no cambian, como el infernal tráfico de la mayoría de sus vías, o el deplorable estado de las calles y avenidas. En términos de transporte público, aunque no falten sus detractores, el Transmilenio y el SITP, han ayudado a modernizar la forma en que la ciudad se mueve. Estos sistemas de transporte público en adición a la entrada y masificación de Uber, tienen una característica en común que de una u otra manera es pieza fundamental de su éxito y adopción a gran escala: la ausencia del efectivo como medio de pago en el momento de utilizar el servicio. En el caso de Uber, más allá de ofrecer una experiencia agradable en términos de servicio personal al pasajero, el hecho de manejar un sistema de pago completamente electrónico, resuelve uno de los mayores inconvenientes de montar en taxi en la capital colombiana: la famosa respuesta de los taxistas: “no tengo vueltas…”.

A nivel mundial el pago al contado o en efectivo ha empezado una carrera imparable hacia la desaparición, no sólo a través del uso de tarjetas de crédito o débito, cuya penetración refleja el nivel de bancarización de los países, sino por medio de plataformas de pago como Apple Pay, PayPal en los mercados desarrollados y la plataforma M-pesa, cuyo crecimiento en África tomó a muchos por sorpresa. 

En un universo donde la inmediatez y la comodidad son fundamentales, y especialmente a medida que los famosos “Millenials” se integran al sector productivo y de consumo, la desaparición del efectivo y el crecimiento de los pagos electrónicos y particularmente móviles, es una necesidad a la orden del día. Sin embargo, no es lo mismo ser un usuario sofisticado y bancarizado en Estados Unidos o Europa, que vivir en un suburbio o un pueblo en África o Latinoamérica, donde una tarjeta de crédito o una cuenta bancaria aún no están al alcance de la mayoría de la población. Economías donde el ingreso es limitado tienen una inherente incapacidad de ahorro, haciendo que una cuenta bancaria tenga poco sentido. Sin embargo, la necesidad de un pago inmediato y la seguridad inherente de no llevar efectivo en los bolsillos, está presente en todos los niveles de sociedad. 

La eliminación del efectivo será un proceso que se acelerará con la nuevas generaciones, como lo demuestra una encuesta realizada en Estados Unidos por la firma CreditCards.com, en la que se encontró que 64% de los adultos mayores de 65 años no tenían ningún interés en reemplazar el efectivo por un pago electrónico, mientras que en el grupo de los “Millennials”, 70% estaba dispuesto a no cargar efectivo nunca más. 

De la misma manera que Uber no maneja pagos en efectivo, algunos comerciantes de “ladrillo y cemento” quieren seguir el mismo camino, siendo uno de los pioneros la cadena de comida saludable Tosed, que recientemente abrió la primera cafetería del Reino Unido en la que no se paga con dinero en efectivo. Estos movimientos, junto con la expansión del uso de plataformas de dinero electrónico como los famosos “bitcoins”, poco a poco están llevando al efectivo por el mismo camino de obsolescencia que siguieron las conchas de mar, los dientes de ballenas y otras formas primitivas de dinero, que fueron posteriormente reemplazados por piezas de metal y luego de papel. 

Para los opositores a la desaparición del metálico, el problema que puede generar una sociedad sin efectivo es incalculable, ya que este confiere el poder al que lo usa, permitiéndole comprar, vender y guardar sus ahorros sin depender de un intermediario, incluso dejando, si así lo quisieran, que algunas personas se mantuvieran completamente fuera del sistema financiero.

En un mundo sin efectivo, cada pago que se realice, sería sujeto de rastreo por gobiernos, bancos y procesadores de transacciones, algo que aunque las transacciones estén dentro del marco de la legalidad, le podría quitar la tranquilidad a muchos.