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Hace unos días, un emprendedor me enseñó una aplicación web que resolvía un problema real de su negocio. No tenía CTO, no había contratado desarrolladores “offshore” y no había pasado meses definiendo requerimientos. Tampoco sabía programar. Simplemente conversó con una herramienta de inteligencia artificial, afinó algunas instrucciones, corrigió resultados y en pocos días tenía algo funcional. No era magia. Era “vibe coding” en acción.
Durante años construimos una narrativa muy clara alrededor del “software”. Les dijimos a niños, padres y estudiantes universitarios que aprender a programar era esencial para sobrevivir en la economía moderna. Países enteros adoptaron esa idea como política pública. Se crearon carreras, “bootcamps”, incentivos fiscales y parques tecnológicos con un objetivo concreto: formar ejércitos de programadores y vender horas de desarrollo al mundo, aprovechando costos laborales más bajos. El software como nueva maquila intelectual.
Ese modelo hoy enfrenta una disrupción brutal. Herramientas como Copilot o Claude Code están desplazando el valor desde la escritura de código hacia la definición de intención. El usuario ya no necesita entender frameworks, librerías o arquitecturas para crear aplicaciones web, aplicaciones móviles o software simple. Basta con saber qué quiere construir, para quién y por qué. El código se genera, se ajusta y se corrige de manera asistida. La sintaxis deja de ser una barrera.
Las implicaciones económicas son incómodas. Si una persona sin formación técnica puede construir en días lo que antes requería un equipo de desarrolladores durante semanas, el valor de la mano de obra basada solo en escribir código se comprime. No desaparece, pero se redefine. El arbitraje de salarios, que fue la base del auge de muchas economías digitales emergentes, pierde fuerza cuando la productividad individual se multiplica por diez o por cien gracias a la IA.
Para los países que apostaron a convertirse en fábricas de software, el mensaje es claro y poco amable. Competir solo por costo ya no es suficiente. El mundo no va a demandar millones de programadores junior escribiendo código repetitivo. Va a demandar menos personas, más apalancadas por herramientas, con mayor capacidad de diseño, criterio y entendimiento del negocio. La ventaja ya no está en cuántos desarrolladores tienes, sino en qué tan bien piensan y qué problemas saben resolver.
Esto también pone en cuestión cómo educamos. Enseñar a programar como objetivo final empieza a parecer una apuesta miope. Programar es una herramienta, no un fin. En la era del “vibe coding”, lo escaso no es el código, es la claridad. Claridad para formular problemas, para priorizar, para entender usuarios, para tomar decisiones. Eso es mucho más difícil de automatizar.
Esta disrupción no niega la importancia de la ingeniería. Los sistemas críticos, la infraestructura, la seguridad y la escala siguen requiriendo expertos de alto nivel. Pero el grueso de la creación de software se está democratizando. Y eso cambia la economía del talento, la geopolítica digital y las promesas que les hicimos a generaciones enteras.
Quizá el error no fue enseñar a programar, sino construir economías enteras alrededor de la idea de que programar era suficiente. En un mundo donde cualquiera puede crear software conversando con una máquina, el verdadero diferencial ya no está en escribir código barato, sino en pensar mejor que los demás.
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