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En uno de los epicentros de la innovación mundial oriental, Singapur, DBS Bank experimentó un punto de inflexión que redefinió su destino. El banco, que tradicionalmente había sido orientado a lo conservador, lanzó el programa “Data Heroes”, en el que 8.000 empleados se formaron en datos e inteligencia artificial. Lo que inició como una actualización tecnológica se convirtió en una revolución cultural, demostrando que cuando la tecnología se alinea con un espíritu de innovación y adaptabilidad, el futuro se escribe en cifras y en la capacidad transformadora de sus equipos.
El contraste occidental se puede ver en el análisis de dos grandes empresas: Netflix y Apple, casos que ilustran claramente cómo la implementación de la IA puede remodelar la cultura organizacional. Netflix adoptó una filosofía basada en la libertad y la responsabilidad, lo que le permitió alcanzar una tasa de retención de empleados de 93% y consolidar una innovación constante. Por otro lado, el fallido lanzamiento de Apple Intelligence evidenció los riesgos de comunicar de forma abstracta y de no cumplir con las expectativas del usuario, minando la confianza y afectando las ventas. Estos ejemplos destacan que la transformación exitosa exige, además de inversión tecnológica, una ejecución precisa, una comunicación efectiva y una coherencia entre la visión estratégica y las necesidades reales de los usuarios.
Para gestionar de manera eficiente el cambio, los implementadores exitosos de proyectos de IA han ido más allá, al establecer un marco de medición integral basado en la experiencia práctica. Si bien, empresas líderes han evaluado factores como la tasa de adopción de soluciones de IA, la satisfacción de los empleados y han hecho un seguimiento del ROI, esto no es suficiente. Entre otros puntos, los verdaderos modelos de transformación asociados a la IA se han preocupado por darle un “tratamiento quirúrgico” a los niveles de ansiedad en las empresas. Han formulado, además, metodologías que llevan a generar seguridad psicológica en sus colaboradores y también han creado fuertes decálogos de valores y objetivos asociados a la llegada de la inteligencia artificial. Por otro lado, estas empresas han desarrollado matrices de riesgos y oportunidades en búsqueda de claridad y transparencia para toda la organización.
Pasemos ahora a un punto fundamental y es la creación de protocolos robustos de ciberseguridad y de manejo de datos (los lagos de datos han evolucionado). Hoy, más que nunca, nuestra información personal y la de nuestras empresas está expuesta. Con respecto a la comunicación, los líderes en implementación también han aprendido que cada paso dentro del proceso debe comunicarse muy bien si se quiere evitar el caos.
Como parte de estos mismos protocolos, debe existir un sistema de renuncias (indicando por ejemplo qué queremos hacer y qué no queremos hacer con la inteligencia artificial). Asimismo, debemos ser conscientes del rebranding. Con seguridad, la IA traerá como consecuencia que por lo que éramos conocidos anteriormente, no lo sea más (al menos en una proporción), lo cual, a su vez, es una oportunidad si se crean nuevas capacidades que complementen las ventajas competitivas actuales.
Por último, recuerde medir todo, ya que lo que se mide termina convirtiéndose en cultura.
En conclusión, el Gobierno petrista deja enormes problemas como consecuencia de su ineptitud y, además, poco margen fiscal para corregirlos
Hace unas semanas leí sobre Alpha School, un modelo educativo que utiliza inteligencia artificial para personalizar gran parte del aprendizaje académico y dedicar más tiempo al desarrollo de habilidades humanas. No sé si ese será el colegio del futuro. Lo interesante es la pregunta que plantea: ¿qué debemos enseñar cuando el conocimiento deja de ser el principal factor de diferenciación? Durante décadas, la educación tuvo un propósito claro. La escuela transmitía conocimientos y la universidad formaba especialistas. En un mundo donde acceder a la información requería tiempo y esfuerzo, ese modelo tenía sentido. Hoy cualquier estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que explique un concepto, resuelva un problema o resuma un libro en segundos. Si la información dejó de ser escasa, la ventaja competitiva ya no será saber más. Será pensar mejor. Eso exige replantear nuestras prioridades. El pensamiento crítico deja de ser una habilidad complementaria para convertirse en el centro de la educación. No porque las respuestas hayan perdido importancia, sino porque ahora cualquiera puede obtenerlas. Lo realmente valioso será distinguir entre información y evidencia, identificar sesgos, conectar disciplinas y ejercer buen juicio cuando no existe una solución evidente. Los líderes más admirados rara vez son quienes tienen todas las respuestas. Son quienes hacen las preguntas que los demás no habían considerado. Saben simplificar problemas complejos, escuchar perspectivas distintas, cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige y decidir aun cuando la información es incompleta. Esas capacidades no pertenecen a ninguna profesión en particular. Son el resultado de una formación amplia, de la curiosidad intelectual y de la disposición a cuestionar incluso las ideas propias. Si la inteligencia artificial obliga a replantear la educación, quizá el mayor cambio no sea tecnológico, sino filosófico: volver a enseñar a pensar. Curiosamente, esta transformación nos acerca a los grandes pensadores del Renacimiento. Estos no entendían el saber como compartimentos aislados. Leonardo da Vinci fue artista, ingeniero, anatomista e inventor porque comprendía que la innovación nace al conectar ideas. Los problemas que hoy enfrentan las empresas tampoco pertenecen a una sola disciplina. La inteligencia artificial, la geopolítica, la transición energética o el envejecimiento de la población exigen integrar tecnología, economía, derecho, psicología y ética. Formar líderes implica mucho más que desarrollar una buena capacidad analítica. También exige aprender a enfrentar la incertidumbre, asumir riesgos y entender que el fracaso forma parte del aprendizaje. Es allí donde se construyen el carácter, el juicio y la resiliencia. La inteligencia artificial puede reducir el esfuerzo necesario para aprender, pero no puede reemplazar las experiencias que forman el carácter. La discusión sobre la educación suele concentrarse en cuánto tiempo pasarán los estudiantes utilizando inteligencia artificial. La pregunta es más bien qué tipo de líderes queremos formar cuando todos tendrán acceso al mismo conocimiento. Las organizaciones y el mundo necesitan personas capaces de razonar con independencia, conectar perspectivas distintas, ejercer buen juicio, convertir la adversidad en aprendizaje e inspirar a otros para resolver problemas complejos. Esa ha sido siempre la esencia del liderazgo, y ninguna inteligencia artificial podrá reemplazarla