En algunos de mis artículos anteriores ya he hecho referencia a la contabilización de los números de esta pandemia. No puedo hablar de todos los países, aunque suele haber una correlación entre países que están avanzando de una manera más consistente en atajar el virus y otros que van como van, por todo lo contrario. España, sin duda, está entre los segundos y somos como “el ejército de Pancho Villa”, cada uno haciendo la guerra por su cuenta: gobierno central, autonómico y local. De ahí que ocupemos el puesto que ocupamos en todas las estadísticas a nivel mundial: contagios x 100.000 habitantes, caída del PIB, índice de fallecidos “reales” en función de la población…

Esto de los números no es una cuestión baladí, puesto que de las cifras que se ponen encima de la mesa se sacan conclusiones y tras esas conclusiones debería elaborarse un plan de acción cuya única finalidad debería ser que la situación epidemiológica, sanitaria, social y económica de las distintas zonas, mejorase.

Todo lo anterior pareciera de sentido común, pero como este sentido es el que más brilla por su ausencia entre los políticos actuales y demás satélites que les rodean resulta que dependiendo del portavoz político de turno, del medio de comunicación del que se trate ( ¡Cuánto daño están haciendo muchos medios en estos momentos de zozobra! Son auténticos “hooligans), de la asociación de profesionales al que se le acerque un micrófono…, los datos NUNCA coinciden y es otro argumento más para la discrepancia y la confrontación cuyo único sin sentido es que seguimos sin ver el final del túnel; ni para el control de la propagación de la pandemia, ni para gestionar la recuperación de la economía ni para reducir la tremenda crisis social, no que se nos avecina, sino que ya está aquí.

Es cierto, que no es fácil tener un seguimiento claro de todos los puntos a considerar en este problema que nos ha cogido con los pantalones bajados; contagiados, fallecidos, tests, rastreadores…, pero si realmente queremos encontrar soluciones que trasciendan criterios políticos y electoralistas, al menos deberíamos partir de unas cifras consensuadas por todos o de unos criterios de contabilización aceptados por todos los que están obligados a buscar soluciones en todos los ámbitos de actuación.

Entrando ya en el octavo mes de esta pesadilla he llegado a la conclusión que principalmente a los políticos de uno y otro signo no les interesa ni consensuar las cifras ni siquiera establecer criterios aplicables por igual a todos los territorios. Y no les interesa porque, como no tienen como su único objetivo en la cabeza controlar el virus y reactivar la economía, prefieren moverse en la ambigüedad para tomar decisiones que lo que buscan fundamentalmente es cuestionar las acciones que toman los de enfrente. Es decir, lo del control y la reactivación está en su hoja de ruta por supuesto, pero por su manera de actuar que roza la vileza, no está en el punto número uno de sus prioridades y para la ciudadanía es LO ÚNICO IMPORTANTE ahora.

No lo entienden o no lo quieren entender y continúan en sus “guerritas” dialécticas para demostrar quién es el que más manda o el que se siente una víctima por los dislates del otro. Si esas disputas pueriles y de cortos mentales no impactaran en nuestro día a día, que sigan así meses si quieren, pero que den un paso al lado y dejen a otros, que sí están dispuestos a pensar en los ciudadanos, trabajen codo con codo. Ya no se pueden lanzar más mensajes desde la sociedad civil, económica, intelectual, médica para que aparquen sus discrepancias ideológicas y personales y se sienten a resolver el problema. Es su obligación como representantes “de iure” de los ciudadanos de nuestro país. Llegamos muy tarde ya, pero todavía podemos lograrlo.

Es por ello, que cada vez hay más distancia entre los políticos que intentan gobernar España y los ciudadanos de a pie y eso lleva al auge de posiciones radicales y cada vez más enconadas en movimientos extremos de uno y otro lado. El caldo de cultivo está servido y sin ser justificable, es en muchos casos comprensible. No es de extrañar que haya ya movimientos que están instando a la desobediencia civil ante la cantidad de desatinos que se están cometiendo. Ante los oídos sordos que ha manifestado nuestra clase política, la sociedad civil debería incluso elevar nuestra queja a las instituciones europeas

No tenemos políticos de miras, sino mercenarios prisioneros de su ideología y ya se ha demostrado que no hay caminos muy diferentes para salir de esta crisis, independientemente de que pienses de una u otra manera.
Son políticos tan cortos de vista que nuestro principal “salvador”, la Unión Europea, ante tanto dislate empieza a hablar de “Estado fallido” y no por las cifras que mencionaba al principio, que ya avalan nuestra absoluta falta de gestión, sino porque con ciertas decisiones y comentarios se está poniendo en entredicho nuestro estado de derecho.

No sé si son conscientes de que sus carreras políticas, para suerte de todo el resto de nacionales, están más que amortizadas y espero que por una vez tengamos memoria política cuando depositemos el voto en las próximas elecciones.

Nunca y nadie ha dicho y dice que salir de la actual situación es un tema fácil, pero si no hay un cambio radical, no es que estemos al borde del abismo, como algunos ya dicen, sino que estamos en el más profundo agujero de nuestra historia y afectará a la vida de nuestras futuras generaciones; no a una, a varias.

El problema es que si no son capaces de resolver “el hoy” como van a ser capaces de prever “el mañana”. Muy triste e indignante.

Para acabar ejemplificaré el absurdo en el que estamos con una frase de un buen amigo de la infancia (dulcificada para ser más correcta para los lectores): “es tan absurda la situación en la que vivimos, que en Madrid podemos socializar en bares y restaurantes, pero no podemos ir al campo a coger setas y en Barcelona les toca socializar en casa, pero pueden salir de la ciudad a por setas o a lo que quieran, estando las dos ciudades en una situación muy similar”. ¡Sabia reflexión Eduardo! Refleja el desmán en el que vivimos.