El confinamiento que propicia la introspección me ha puesto en la tarea de revisar el camino que he recorrido desde mi primer empleo como practicante universitario en la que era en ese entonces la corporación más grande del mundo, hasta hoy que dirijo una firma en la que puedo combinar mis conocimientos y experiencia con muchas actividades apasionantes, en un ejercicio permanente que me motiva a dar lo mejor de mí y me llena de satisfacción.

A lo largo de mi carrera profesional que ya abarca varias décadas, he trabajado con personas de distintas jerarquías, oficios, nacionalidades, temperamentos y actitudes. He tenido la oportunidad de conocer seres humanos maravillosos y de acumular lecciones que atesoro e intento poner en práctica en mis labores cotidianas. Estas reflexiones han hecho aún más evidente el papel protagónico y la influencia indeleble que tienen los líderes sobre la carrera de los integrantes de sus equipos de trabajo, concluyendo que no he sido la excepción y que casi todos mis jefes me han dejado grandes enseñanzas. Algunos, dos a lo sumo, como referentes que traigo a la memoria de vez en cuando, simplemente para no caer en comportamientos vanidosos, arrogantes, carentes de entereza o excluyentes como los que ellos mostraban y que acababan contaminando sus decisiones.

Los demás, por ventura la mayoría, como modelos a seguir desde diferentes perspectivas y para distintos momentos de la actividad empresarial. En este mosaico de buenos líderes se destacan dos que han sido determinantes en mi recorrido profesional y, en una coincidencia que no sorprende, ambas son mujeres.

Formé parte del equipo de Luiza durante mi primera experiencia en el exterior y desde muy temprano descubrí que ella alcanzaba y sobrepasaba los objetivos del negocio utilizando un estilo de liderazgo dulce sin ser empalagoso. Gracias a ella reconocí la importancia de la empatía (mucho antes de que el término se pusiera de moda en libros y revistas de liderazgo) como herramienta para entender, estimar y aprovechar las opiniones de los demás.

Asimilé también el valor de la diversidad, porque ella misma lo es: brasileña, descendiente de una familia japonesa y casada con un italiano alegre, espontáneo y buen conversador, tiene una combinación de ingredientes que invitan a apreciar y respetar la pluralidad en su verdadera dimensión.

La segunda líder, cuyas opiniones y consejos aún tienen influencia en mi vida profesional es Olga Inés, mujer con una amalgama de recursos intelectuales e inteligencia emocional que no se encuentra con facilidad y de quien aprendí que la audacia y la valentía son condiciones esenciales para llevar las riendas de una organización. Su capacidad de integrar la razón con la intuición para ver los problemas y encontrar soluciones creativas desde ópticas a veces divergentes, sumada al apoyo y confianza que brinda con generosidad y espontaneidad a los miembros de su equipo, hacen de ella una líder excepcional.

Las dos han dejado en mi vida profesional una huella imborrable que guardo y agradezco, por lo que, a riesgo de caer en una perogrullada, me atrevo a aseverar que resulta miope desestimar el aporte de las mujeres que ocupan posiciones directivas, como piedra angular para el desarrollo de las personas y por ende, como fuente de crecimiento, innovación y sostenibilidad en las empresas. Concluyo de manera quizás desconectada pero cargada de convicción, con una sola frase sobre la tercera mujer que inspira estas líneas: tengo la fortuna de contar con María Cecilia, con quien he compartido los últimos 26 años de mi vida.

Concluyo de manera quizás desconectada pero cargada de convicción, con una sola frase sobre la tercera mujer que inspira estas líneas: tengo la fortuna de contar con María Cecilia, con quien he compartido los últimos 26 años de mi vida, que me ha enseñado a fijar límites cuando ha sido menester y también a eliminarlos frente a la necesidad de volar más alto; por la afinada intuición que siempre la acompaña, presiento que tiene la capacidad de predecir el futuro.