Tesla, la compañía estadounidense dedicada a fabricar automóviles eléctricos y otros artefactos que tienen como denominador común la apuesta por la energía sostenible, publicó hace pocos días sus resultados financieros del segundo trimestre sorprendiendo a los analistas de Wall Street que esperaban ver pérdidas, desafiando la lógica del comportamiento de los mercados en épocas de pandemia y restándole impacto al fantasma de la recesión económica. Lo que resulta llamativo es que las utilidades no provinieron de la comercialización de sus productos amigables con el medio ambiente sino de transacciones relacionadas con la venta de créditos fiscales que, siendo totalmente lícitas, no engranan con la esencia del negocio y más bien son consecuencia de una visión amplia del concepto de cumplimiento de objetivos empresariales. La realidad incontrovertible es que la organización dirigida por Elon Musk logró, por primera vez en sus diecisiete años de operación, acumular cuatro trimestres consecutivos produciendo utilidades tras una historia caracterizada por los altibajos en los resultados.

Hay una diferencia sustancial entre la mentalidad de Musk y la que a diario nos demuestran algunos gobernantes y líderes empresariales de nuestro país: la prevalencia de la creatividad, el pensamiento innovador y el foco en los resultados, en contraposición a las quejas, las justificaciones y las disculpas. Mientras que muchos dirigentes, tanto del sector público como del privado, parecen resignarse a sufrir el impacto de la crisis buscando culpables (anteriores o actuales, reales o imaginarios, nacionales o extranjeros), a documentar de manera exhaustiva las razones que justifican su pobre desempeño o simplemente a esperar con disimulada paciencia a que las cosas mejoren para tomar decisiones -la temible procrastinación- otros, como el fundador de Tesla, aumentan su creatividad, asumen riesgos calculados y promueven la innovación en procura de resultados sobresalientes, productividad y sostenibilidad.

Es posible imaginar muchas razones para que las actitudes pasivas o negativas se impongan sobre las positivas y una de ellas, que forma parte de nuestra idiosincrasia, tiene que ver con la intolerancia al error y la incapacidad de reconocer y aceptar la vulnerabilidad de las personas. En el ámbito empresarial el reparto de culpas aparece con frecuencia como un mecanismo de defensa frente a los errores cometidos, o como alternativa fácil para explicarlos. Estos comportamientos se convierten en un nefasto círculo vicioso que impacta de manera negativa y permanente los resultados, porque despiertan el instinto de autocensura y el desempeño defensivo de los individuos, pues optar por el silencio, la condescendencia o la pasividad cuando existe el riesgo de cargar con culpas ajenas es mucho más seguro que opinar, cuestionar o plantear ideas disruptivas.

En el escenario empresarial, transformar la mentalidad colectiva para lograr la aceptación de los errores como hechos connaturales al ser humano y para promover la tolerancia a los desaciertos (siempre que sean de buena fe) como catalizadores de la innovación, puede llevar a consolidar una cultura cuyas ventajas com- petitivas superen con amplitud aquellas que podrían conseguirse a través de la tecnología, de la contratación de talento nuevo o del desarrollo de competencias técnicas. Con una cultura de estas características en un mundo donde la agilidad y la velocidad son esenciales, es posible ejecutar rápido, equivocarse rápido, corregir rápido y aprender rápido para lograr mejores resultados tanto financieros, como de satisfacción de la fuerza de trabajo.