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Colombia y el mundo: ajustes necesarios

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Desde la posguerra la población mundial se triplicó, la integración global se aceleró y el número de países con pretensión de soberanía se triplicó como consecuencia de las declaraciones de independencia de muchos países antes sometidos a las potencias europeas en Asia y África.

Hoy hay casi 200 países, muy heterogéneos pero cada día más conectados. Las diferencias en condiciones materiales y orientación ideológica son enormes: mientras Occidente, tras las guerras mundiales y la guerra fría, hoy impulsa los derechos humanos universales, en el resto del mundo la situación es diferente.

Así, en China e India, los países más poblados, que suman un tercio de la humanidad, se presentan serios obstáculos al nuevo orden reflejado en las declaraciones fundamentales de las Naciones Unidas, en el primer caso por la existencia de un régimen totalitario, en el segundo por una tradición de castas ilegal pero viva, y en ambos, como en casi todo el resto del mundo, por la condición subordinada de la mujer.

De otra parte, a pesar del crecimiento sostenido de India desde los noventa, el subcontinente sigue siendo muy pobre, y África Subsahariana aún más.

La construcción de una economía global, con flujo libre de bienes y capital y tasas de cambio flotantes, tiene implicaciones prácticas: EE.UU., la mayor economía, ha impuesto un conjunto de acuerdos bilaterales como regla general para la apertura del comercio internacional, a espaldas del Gatt primero y de la OMC después, y tiene enorme déficit de balanza comercial desde los cincuenta, compensado por flujos de capitales que reflejan confianza del tercer mundo en su estabilidad política.

Es necesario que la humanidad encuentre fórmulas sostenibles para reducir la desigualdad de ingreso y oportunidades, y asuma compromisos con asuntos importantes, como la protección del medio ambiente para evitar la extinción prematura de la especie, la guerra contra el ciber crimen y el control a las armas de destrucción total.

La institucionalidad mundial, de carácter simbólico pero de importancia creciente porque la red de relaciones es cada día más compleja, obliga a conciliar relaciones bilaterales, regionales y globales.

Todo esto nos atañe, y obliga a ordenar los asuntos externos del país para cumplir con las tareas a cargo y lograr los frutos necesarios. La poca relevancia de nuestro país en el mundo no justifica la pobreza de sus relaciones internacionales; hay que volverlas coherentes y, sobre todo, consecuentes para beneficio de la economía y la sociedad colombianas.

Sin embargo, nuestra política internacional no tiene norte porque los compromisos politiqueros de cada gobierno lo hacen caer en el pecado de mezclar objetivos al nombrar la gente en embajadas y consulados en retribución por algún servicio.

La administración Santos ha tenido una sola persona en el cargo más alto del Ministerio de Relaciones Exteriores pero eso no basta: se requieren gestores con formación apropiada para enfrentar los retos del mundo de hoy, que tengan como marco de referencia políticas económicas estables con orientación a mejorar la productividad y reducir la volatilidad de la tasa de cambio como base para la malla contractual del país.

Esto exige partidos de verdad, con programas serios, y políticas de Estado más allá del gobierno de turno. Los candidatos al trono dirán qué proponen.

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