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¿Un voto a la incoherencia?

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Mucho se ha hablado a lo largo de la campaña presidencial de 2018. Tuvimos debates suficientes para conocer y dejar claras las tendencias y pensamientos de cada uno de los candidatos, en especial de los dos que se medirán el próximo 17 de junio en la segunda vuelta, de donde saldrá el presidente del país.

Por un lado, Iván Duque Márquez, quien haciendo gala de su preparación y coherencia se ha mantenido en firme en sus posiciones poniendo primero las ideas que las agresiones, los argumentos a los insultos y, sobre todo, el respeto a sus electores quienes, como muchos, seguimos creyendo es la mejor persona para dirigir los destinos de este país. Por el otro, contrario a lo que ha sido su lucha -en parte armada- y la posición que durante años ha mantenido, hoy Gustavo Petro Urrego parece un lobo disfrazado de oveja.

Durante los años de vida pública de Petro, para todos ha sido clara su lucha “contra la oligarquía” -que no son más que aquellas personas que han dedicado su vida a crear empresa en el país- y a buscar en lo que su imaginario dictatorial es la redistribución de la riqueza, discurso acuñado por el socialismo que está acabando con varios países de la región y que, sin duda, amenaza con querer apoderarse de la Presidencia de Colombia.

Hoy vemos a otro Petro, un otro que ha tenido que desmentir al Petro de la primera vuelta y al que gritaba desde el balcón del Palacio de Liévano sus políticas que demostraron ser inviables en una ciudad como Bogotá.

Respeto a sus electores, pero si algo debería llamar su atención -y no para votar por Duque- para no votar por Gustavo Petro es ver cómo con tal de ganar votos se ha vuelto creyente, demócrata, impulsor de la inversión extranjera y promotor de las empresas en el país.

Hace tan solo unos días sus propuestas eran (son porque siguen camufladas en un falso cambio) diametralmente opuestas a aquellas con las que hoy pretende seducir a los electores de Sergio Fajardo para que caigan en sus redes de engaños y populismo, y así pueda ganar y perpetuarse en la presidencia hasta que él decida que su programa de gobierno ha sido cumplido.

Hoy Gustavo Petro hace gala de su incoherencia y desespero de llegar al poder si hoy deja sus banderas para buscar votos. ¿Cree usted que cumplirá sus promesas de mantener un estado democrático en Colombia? La respuesta es sencilla: no.

Esta falta de congruencia en sus posturas debería someterlo a una desbandada de electores que permita castigar sus mentiras, pero en este país puede más el odio hacia Uribe que entender que si es engañado de entrada imagínese cómo le irá en la salida.

La vergüenza no es un don del que goce Petro, por eso hoy su pose de demócrata y de purista de las reglas del libre comercio, cuando su esencia es contraria a esas políticas.

Es difícil de entender cómo sigue teniendo apoyos de personas como Antonio Navarro Wolff -quien perdió cualquier respeto que tenía hacia él- que lo conocieron en su nefasto mandato en Bogotá y hoy deciden, a pesar de salir corriendo de su gobierno por déspota, sumarse a una campaña que es para el país la crónica de una muerte anunciada pero que, por el afán de hacer contrapeso, rifan sus posturas sin mantener lo mínimo que requiere una persona: coherencia entre sus ideas y sus actos.

Esta columna no es un llamado a votar por un candidato, pero sí lo es para que deje de hacerlo por ese candidato que hace unas semanas tenía un programa y hoy tiene otro, que de seguro ya no lo representa.

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