Analistas

Es la hora de las renovables

Por estos días el panorama energético en el país ha estado agitado. Las noticias poco alentadoras empezaron con los efectos que tiene, y va a tener, el fenómeno de El Niño en los recursos hídricos de casi toda Colombia y, como  consecuencia lógica, en la producción energética. Por otro lado Venezuela decide “cerrar la llave” para el suministro de gas natural, debido a que por cuestiones de prioridad entendibles – y a que en Colombia no sucede igual-, debe primero garantizarse la demanda interna de ese país y luego sí dar cumplimiento a los compromisos asumidos con terceros. No contento con todo esto, el gobierno colombiano decidió no dar marcha atrás con la venta de Isagen la cual, hasta el momento, es la segunda empresa generadora más importante del país. 

Debemos partir de la base de que la independencia, tanto en la producción de energía como en el establecimiento de las prioridades en la agenda energética, no es negociable, ni se pueda canjear con el mejor postor. La capacidad de producción energética y su direccionamiento son parte del ejercicio soberano de un estado y la soberanía “ni se compra ni se vende”, o por lo menos eso se pensaba antes del paso en falso que acaba de dar el gobierno del presidente Santos. La venta de Isagen es equivalente a cuando canjeamos por unos cuantos millones de dólares Panamá: nadie puede negar la importancia de su canal y lo estratégico que es para efectos soberanos y del comercio mundial; así mismo, es equiparable a la pérdida del mar con Nicaragua por el fallo de la Corte Internacional de Justicia de la Haya, lo que evidencia nuestra absurda torpeza en política internacional y nuestro claro pensamiento a corto plazo. 

Muchos han querido hacer notar que Isagen fue un mal negocio: en este caso no se trata de si el modelo financiero cerró o no cerró para el financiamiento de las vías de cuarta generación por dicha venta, o si se vendió por debajo o por encima del valor real de la compañía: sencillamente, esa enajenación es como si vendiéramos un departamento a puerta cerrada. Adicionalmente, con el impredecible clima actual y al borde de un apagón, estamos vendiendo los activos soberanos de la nación. Hace poco exponía esta tesis y le ofrecí a un detractor el siguiente ejemplo: si Steve Jobs o Bill Gates no hubieran tenido energía eléctrica, ¿qué sería de sus innovaciones?  Unos algoritmos escritos en un cuaderno. Esta venta nos ata de manos y nos hace esperar que sean terceros privados quienes definan la agenda y política energética en Colombia, por lo que para los intereses del país, tiene el mismo efecto práctico del ejemplo: seremos solo un proyecto de país sino cambiamos dramáticamente nuestra realidad. 

Tal puede ser la razón para la expedición de la Ley 1715 de 2014 y el Decreto 2143 de 2015, que regulan la integración de las energías renovables no convencionales al sistema energético nacional. Este espacio que se abre -intencionalmente o no- es al que debemos enfocar nuestros esfuerzos en el corto, mediano y largo plazo para la producción de energía renovable y conseguir de nuevo una posición de independencia en materia energética y recobrar de alguna manera la soberanía, que se vendió al mejor postor sin medir las consecuencias. En caso de firmarse la paz con las Farc, el presidente Santos no solo pasará a la historia por haber firmado tal acuerdo, sino por haber vendido la soberanía y la independencia, tal como pasó con Panamá.