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El intocable

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Se acerca el mes de octubre, y para muchos bogotanos (me incluyo) es uno de los meses más esperados porque serán las elecciones locales que nos permitirán por fin salir de la era de Gustavo Petro como alcalde de la ciudad. Adicional a lo evidente en la falta de administración y ejecución en una ciudad que se ha sometido al caos completamente por cuenta de un mitómano compulsivo a su cargo, el grave legado que el alcalde Petro nos deja es su tendencia reincidente a quebrantar la ley, desobedecer las decisiones judiciales (que no le son favorables) y atornillarse al poder para demostrar que su discurso de demócrata solo aplica para su agenda personal. 

Es claro que el señor Petro ha cometido innumerables violaciones a la ley; todo lo que tiene que ver con el esquema de recolección de basuras en la ciudad de Bogotá ha sido lo que es él: un completo fracaso. En la búsqueda de desquitarse por pleitos personales, sumió a la ciudad en una completa crisis en la recolección de basuras, y está a punto de llevar a la Empresa de Acueducto de Bogotá a una profunda crisis financiera por cuenta de la improvisación y de sacarlos de su función específica. Lo complejo es que, aun con las decisiones de la Procuraduría General de la Nación (autoridad disciplinaria) y la Superintendencia de Industria y Comercio (autoridad en materia de competencia desleal), en las que se declara que el sistema implementado por Petro es contrario a la libre competencia -es decir que violó la ley y se pasó por la faja un principio de la función pública como es el de planeación con tal de lograr sus fines-, nuestro alcalde sigue campante, martirizado y queriendo dar ejemplo de moral. 

La máquina tapa huecos. Puede que los tape, pero las irregularidades en la contratación son más que evidentes y, al calibre de lo que él denunció en el carrusel de la contratación (por lo menos en las irregularidades en el trámite), querer hacer ver un contrato de obra como de ciencia y tecnología es una irregularidad que en el código penal se llama “celebración indebida de contratos”. Lo anterior sumado a que los resultados no han sido los esperados en cuanto a duración y efectividad en la solución estructural que requiere la malla vial; es como tratar de curar un cáncer con merthiolate. Y al alcalde hoy no lo señalan por nada, porque si lo intentan investigar dice que son las mafias y demás; sigue contratando a sus tuiteros (aunque tanto ellos como el alcalde lo nieguen) para que lo hagan ver mejor en redes sociales, atacar a todo el que lo contradiga o critique, y todo a costa del patrimonio de la ciudad. Y ¿qué pasa con una investigación por detrimento patrimonial? El señor Petro sigue como si no pasara nada.

Aclaro desde ya que, en columnas anteriores, he apoyado públicamente la iniciativa de acabar con el espectáculo de la tauromaquia en la ciudad. Pero terminar con una tradición, buena o mala, no se hace a las patadas, como pretendió hacerlo el señor Gustavo Petro quien, a pesar de que la Corte Constitucional le ordenó el restablecimiento de este tipo de espectáculos, ha hecho caso omiso a la decisión y aseguró en su momento que, si lo obligaban a restaurar las corridas en Bogotá, renunciaba. Y ni obedeció la decisión de la Corte Constitucional, ni renunció. Y ¿qué ha pasado con él? Nada. Sigue en desobediencia de la ley y la Constitución que él ayudó a formular cuando fue constituyente y senador. 

El legado progresista de Gustavo Petro es paupérrimo. Su gran enseñanza es que el fin justifica los medios, que las instituciones son para irrespetarlas, que la democracia aplica según conveniencias, que las decisiones judiciales solo se aplican cuando convienen para su agenda personal o familiar, y que las mafias son malas como la rosca: cuando no se está en ellas. Y él ya forma parte de ambas.

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