Es posible que desee compartir estas festividades con alguien, y no sea posible porque falleció, está en coma o se alejó por discordia. Contradictorio, quizás sea otro Grinch Millennial que vive aislado de aquellos a quienes tiene cerca, como consecuencia del abuso de sustancias tecnológicas: audífonos, videojuegos o redes sociales; era usual en la antigua normalidad, y la comunión sólo se reactivo, temporalmente, tras el pánico inicial de la pandemia y la novedad del confinamiento.

Aunque deliberadamente ignore a quien intenta hablarle, es necesario reconocer nuestra incompetencia para escuchar, entender y atender, pues la dinámica descrita es tradicional, activa tensiones y destruye relaciones, cuando sus interlocutores se sienten invalidados y deciden separarse. Además de mentiras o palabrotas, en el caso de sus contemporáneos, los albaceas modernos transfieren esa apatía y desidia, presencial y digital.

Claro, nos asiste la razón cuando reprobamos el comportamiento de los niños, mientras negamos que actúan como nosotros o menospreciamos las circunstancias. En última instancia hacemos trampa satisfaciendo alguno de sus caprichos, para que disimulen en presencia de terceros; sucede en la rutina diaria, y especialmente con los regalos navideños para quienes practican el consumismo, y ostentan ese lujo en una época en la que muchos estarán lejos de sus allegados, avergonzados por la falta de recursos o desesperanzados por el desempleo de largo plazo.

Dulce o truco, ahora el juguete es tecnológico; aunque su promesa de valor sea parecer «amigable», ni siquiera facilita la «familiarización». De hecho, por defecto está configurado para evadir los ojos de nuestros semejantes, y eludir el tiempo que deberíamos dedicar exclusivamente a las personas con quienes convivimos.

Virtualmente hipnotizado, el confinamiento también dejó en evidencia que la función esencial de los lugares de formación y trabajo era permitirnos descansar de la familia -otrora núcleo social- la mayor parte del día (el resto lo hacíamos ingresando en bares o apps, p.ej.). A propósito de esto, es importante señalar que los nativos digitales revirtieron el “Efecto Flynn”, registrando una caída en su medición de coeficiente intelectual, comparada con la de generaciones previas (Los peligros de las pantallas para nuestros hijos, 2020).

En retrospectiva, la pasada fue una década perdida porque ya practicábamos el aislamiento social que la tecnología había impuesto. Separados pero juntos, ahora somos conscientes de que sus efectos sicoactivos, y «sociopasivos», perpetúan las tribulaciones de la adolescencia cada vez que nos absorbe ese agujero negro electrónico, que desarraiga y proyecta nuestro solitario reflejo en la pantalla.

Saturado de sus efímeros estímulos, los invito a tener presente el tiempo que derrochamos mientras soslayamos a nuestros invaluables parientes. Es incierto cuándo podemos desaparecer, y los eventos de este año, así como las señales para el próximo, deberían permitirnos elegir mejor entre dejar huella digital, familiar y social.

No sigamos eludiendo la responsabilidad que tenemos ante ese entorno que no es androide; no regalemos máquinas de la manzana mordida, y hagamos que estas festividades sean alegres y pacíficas, tal como los próximos Días de la Madre.