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La semana anterior tuve el gusto de representar a Colombia en las reuniones anuales de la OIC, la Scta y la SCA. Se evidencia un cambio en la conversación global sobre el café, que estuvo concentrada en una pregunta: ¿quién va a producir el grano que el mundo necesita consumir en los próximos años?
Y la pregunta no es retórica. Estamos entrando en una nueva etapa de la economía mundial del café. Un mercado que durante años concentró buena parte de su energía en estimular la demanda comienza a enfrentarse a una realidad distinta: el gran desafío de las próximas décadas será asegurar la oferta.
Producir café será cada vez más exigente. El cambio climático está alterando lluvias, temperaturas y ciclos productivos en los principales orígenes. A ello se suman mayores costos, dificultades de mano de obra, exigencias regulatorias y la necesidad permanente de invertir en renovación, ciencia y adaptación. La volatilidad ya no es una anomalía pasajera, sino una condición con la que tendremos que aprender a convivir.
Al mismo tiempo, algo realmente interesante está ocurriendo en el otro extremo de la cadena. El consumidor mundial está ampliando su relación con el café. Es un mercado que crece en todo el planeta y que ya no solo depende de una bebida caliente al desayuno con su dosis de cafeína.
Las investigaciones recientes de la Specialty Coffee Association muestran que el consumidor joven busca conveniencia, pero también autenticidad; calidad, pero también experiencia; nuevos sabores, ocasiones de consumo, identidad, salud y origen.
Y aquí nace una paradoja: el mundo quiere cada vez más cosas del café, justamente cuando producirlo bien se vuelve más difícil.
En este contexto, Colombia representa una enorme oportunidad. Si el consumidor del futuro busca calidad y diversidad, la industria no puede seguir ofreciéndole un mundo esencialmente binario entre arábica estándar y robusta. Existe una frontera de innovación por explorar en especies, variedades, procesos poscosecha, perfiles y territorios. Más diversidad puede significar nuevas experiencias para el consumidor y, a la vez, mayor capacidad de adaptación y menor concentración del riesgo para los países productores.
Para Colombia, esa búsqueda tiene un punto de partida innegociable. Somos un origen de café arábica, y la calidad es el pilar sobre el cual hemos construido durante generaciones la reputación de Café de Colombia.
Debemos acelerar la incorporación de tecnología para reducir costos y continuar, con Cenicafé, desarrollando variedades arábicas de mayor calidad, más productivas y resilientes al clima y a las enfermedades. Y en las zonas bajas podemos abrir una nueva frontera, explorando otras especies y perfiles sensoriales capaces de diversificar nuestra producción y ofrecerle al consumidor nuevos cafés, nuevas historias y nuevos orígenes colombianos.
Esta transformación obliga a revisar nuestra concepción de sostenibilidad. Durante años hemos hablado, con razón, de agua, carbono, biodiversidad y trazabilidad. Pero existe una condición anterior a todas ellas: la sostenibilidad económica del productor. Sin precios justos, la sostenibilidad inevitablemente pasará a segundo plano.
Eso exige una nueva relación entre la industria y los países productores: pasar de los pilotos a la escala y de exigir sostenibilidad a invertir conjuntamente en ella. Ciencia, genética, eficiencia, tecnología, manejo razonable del agua, economía circular e infraestructura deben entenderse como inversiones en la seguridad futura de toda la cadena.
Los productores también tenemos una responsabilidad. Un mercado dirigido por la oferta no puede convertirse en complacencia. Debemos aprovecharlo para transformar el territorio, cerrar brechas de productividad, tecnificar el campo y hacer de la caficultura una actividad atractiva para las nuevas generaciones.
El café conserva algo profundamente humano: detrás de cada taza existe una familia, un territorio y una historia. Pero romantizar la precariedad rural no puede formar parte del futuro de nuestra industria.
El nuevo equilibrio mundial del café pertenecerá a quienes sean capaces de producir más, producir mejor y atreverse a producir distinto. El mundo pide café y el futuro comienza en el origen.
Una inversión vale también por lo que obliga a hacer después. Tiene eslabonamientos hacia atrás cuando crea demanda de insumos e induce a producirlos localmente. Los tiene hacia adelante cuando lo que produce permite desarrollar otras actividades
A pesar de las presiones del gobierno, el Banco de la República mantuvo su independencia y procedió de manera técnica, sin dejar que los momentos políticos del Ejecutivo determinaran su gestión.
La democracia permite tramitar conflictos sobre impuestos, salarios y servicios públicos sin destruir los incentivos para producir. Su eficacia depende de libertades civiles, controles al poder, representación y capacidad de corregir decisione