domingo, 3 de mayo de 2020

Más columnas de este autor Gabriel Velasco - velascogabriel@hotmail.com

Yo no soy economista, pero les quiero confesar que he sido testigo de excepción de la constante seducción y de la tensa relación de amor que existe entre la oferta y la demanda. Siempre pensé que esta pareja, con todas sus dificultades, convivirían sin interrupciones a perpetuidad. No me consta, pero dicen por ahí, que los conflictos anteriores habían sido culpa de la sensibilidad de la demanda. Su hija, la economía siempre es la que sufre las consecuencias y entra en crisis. Lo cierto es que un tal coronavirus no las deja juntar y todos sufrimos las consecuencias.

La llegada del covid-19 lo cambió todo. Al quedarnos en casa, se cerró casi todo el aparato productivo de manera abrupta pero necesaria para la protección de la vida. La consecuencia irremediable fue el dramático y simultaneo choque, tanto para la oferta como para la demanda.

Esta nueva realidad, nunca vista genera incertidumbre; no conocemos la cura del virus, tampoco tenemos certeza del camino para restablecer este matrimonio. Lo que si hay son interrogantes. ¿Cuál será el impacto en la demanda de aquellos consumidores que salen a la calle con miedo a ser contagiados? ¿Qué comprarán? ¿En qué canal de venta? ¿Cuidarán sus ingresos y no consumirán tanto? ¿Se podrá producir sin ser foco de contagio?
¿Qué hacer entonces? Al estado querámoslo o no, le va tocar entrar en una política expansiva. Primero toca apagar el incendio, como bien lo ha venido haciendo el gobierno, corriendo plazos fiscales, generando garantías hasta del 90%, promoviendo créditos blandos y de largo plazo. Hay que revisar que los bancos hagan lo suyo (por cierto parece que han empezado a ponerse la mano en el considere).

Pero en estos momentos que los días duran más, ya no se habla del largo plazo; cada segundo es de vida o muerte, tanto para los compatriotas como para las empresas. Debemos pensar en el corto plazo pues las empresas se quiebran sin ingresos en cuestión de quincenas. Es un imperativo ayudar a estas a pagar la nómina, si queremos salvar los empleos. Ya a muchas no le cabe un tinto más de endeudamiento, ni tienen acceso al crédito. Evaluemos un subsidio de nómina para aquellos trabajadores que devengan hasta dos salarios mínimos. Puede que le duela a algunos, pero creo que se debe reabrir la discusión de la flexibilización laboral. Adicionalmente, debemos suprimir trámites y quitarle costos a los emprendedores para promover la iniciativa privada. Nos toca pasar paulatinamente, con toda la responsabilidad, los protocolos de protección y muchas pruebas covid, a una cuarentena inteligente.

La ventaja que tengo al no ser economista ni experto en conflictos de parejas es que uno puede decir barbaridades. No pensemos tanto en el mediano o largo plazo, porque nos toca actuar ya o nos quedamos sin empresas. Si ellas sobreviven, seguro ganaremos el tiempo necesario (como se lo estamos dando al sistema de salud) que nos permita pararnos mejor en la cancha y empezar a construir nuestro futuro. No lo piensen tanto, le tocó a Colombia meterse ya duro la mano al dril.