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Académicos ignorantes

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La noticia acerca de que el académico más influyente en este momento, Thomas Piketty, se hubiera vinculado al comité programático de un partido político pasó desapercibida. La decisión del francés fue valiente y contrasta con la de muchos académicos ignorantes que creen que en su torre de marfil están por encima de la política.

Desde la antigüedad, se ha planteado que la combinación entre política y academia es necesaria para que una sociedad prospere. Platón escribió sobre una ciudad utópica llamada Calípolis, gobernada por filósofos formados en la idea del bien, entendido como el objeto generador de la realidad, la perfección y la verdad. Sócrates y Pitágoras también plantearon que el poder político y la filosofía deberían estar en las mismas manos. 

Pocas veces se ha logrado esa fusión. Los casos de Cardoso en Brasil, Merckel en Alemania o Mockus en Bogotá son excepcionales. Incluso, aunque ellos tenían una trayectoria académica, en ciertos temas debieron acudir a otros expertos para que los aconsejaran sobre aspectos en los que no tenían un conocimiento profundo. En el arte de gobernar, ambas profesiones deberían ser complementarias y relacionarse fluidamente.

Pero no es así. Los académicos ven a los políticos como una clase poco preparada a la que evaden para no ser señalados de estar “haciendo política”. Los políticos, por su parte, piensan en los intelectuales como personas desconectadas de la realidad, que investigan y divulgan estudios que nunca son leídos. Aunque existen excepciones, la realidad no es tan lejana.

Un estudio encontró que más de 50% de los artículos académicos publicados son leídos por no más de tres personas y que 90% de estos nunca son citados. Se desperdicia tiempo y trabajo en algo que no va a tener impacto en la sociedad. Por otra parte, el bajo nivel educativo de muchos políticos no deja de ser preocupante. La desconexión de unos y otros nos perjudica a todos.

Por ello, la decisión de Piketty es emblemática. Pues él, a diferencia de los investigadores que nadie lee, logró vender más de un millón de copias de su libro “El capital del siglo XXI”.  Él sí influye con sus escritos y tiene claro que para realizar sus revolucionarias ideas sobre igualdad social debe incursionar en la política. Más allá de Podemos, partido que apoyó, y de su líder Pablo Iglesias -tema suficiente para otra columna-, lo loable es la decisión de “meterse al barro” y luchar para que las cosas cambien. 

Existen muchas formas mediante las cuales un académico puede incidir en la política; los partidos no son la única opción. Por ejemplo, Weber en su obra “la política y el científico” planteó la necesidad de separar las funciones del político de las del hombre de ciencia, por ser las virtudes del primero incompatibles con las del segundo. Sin embargo, no excluyó la existencia de una relación dialéctica entre conocimiento y acción. Por ende, es posible que la ciencia ayude al gobierno siempre que el científico mantenga una posición neutra.

El espectro de posibilidades es amplio. Lo importante es que las decisiones políticas cuenten con insumos académicos y que exista simbiosis entre las partes, sea con un gobernante académico como el rey filósofo de Platón, o, al otro extremo, en una relación distante pero activa como la que propone Weber. 

Marx dijo que la labor del académico no era interpretar el mundo sino cambiarlo. Tenía razón. Ellos deben ser consientes, tal como lo fue Picketty, que también son responsables de direccionar la sociedad.  De lo contrario, seguirán siendo académicos ignorantes.  
 

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