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90 minutos

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¿Es posible juzgar la capacidad de una persona para ejercer las complejidades de un cargo como lo es la presidencia de los Estados Unidos en un debate de 90 minutos? El sentido común apuntaría a que no. A pesar de esto, todo parece indicar que quien ocupará el puesto más poderoso del mundo se definió esta semana en una vieja práctica que poco se utiliza hoy.

El suceso se había anunciado por todas las cadenas y la expectativa era comparable con las grandes peleas de boxeo. Uno contra uno, cabeza a cabeza. Se estimaba que tendría una audiencia de 100 millones de personas, aunque al final fueron 86 millones. 

Fue el debate más visto de toda la historia que enfrentó al mediático -y errático- Trump, cada día mejor posicionado en las encuestas, contra la no muy carismática pero favorita desde hace meses ex primera dama. 

En el portal www.fivethirtyeight.com, del estadístico Nate Silver, quien se hizo famoso por predecir con exactitud el número de votos electorales que sacaría Obama contra Romney, marcaba ese día una probabilidad casi igual para ambos candidatos de ganar la elección. Es decir, el escenario era propicio para un encuentro épico.

La naturaleza del evento es extraña. Se trata de una confrontación en la cual dos personas paradas, hablan, discuten y exponen sus ideas, durante 90 minutos. A diferencia de las grandes contiendas deportivas que semana tras semana logran enormes cantidades de público, aquellas generalmente no suscitan interés. 

Adicionalmente, en estos no existe ningún tipo de evaluación para determinar un claro vencedor, pues no hay “knock out” o puntos de especie alguna. Para ser un “superevento” es un extraño híbrido muy diferente a lo que estamos acostumbrados, cargados de efectos especiales, tecnología y velocidad. 

A pesar de esto, los debates son determinantes. Quizás el más recordado sea el de Richard Nixon contra John F. Kennedy en 1960, el que a su vez, fue el primero que se haya transmitido por televisión. 

Este tuvo la gran particularidad de que tras el debate, quienes lo oyeron en radio dieron por ganador a Nixon aunque quienes lo vieron en televisión optaron por Kennedy. En otras palabras, en contenido ganó el republicano pero por presencia triunfó el demócrata. Claramente, un factor que no debería influir ¿o sí?

En 90 minutos resulta muy difícil explicar las complejidades de manejar un estado. Tampoco se puede evaluar cuáles propuestas son las mejores. Personalmente, creo que los debates permiten determinar cuatro cosas. 

Primero, la capacidad del candidato para actuar bajo estrés; o sea, si se torna agresivo o nervioso o, por el contrario, domina la situación. Segundo, si es una persona auténtica, puesto que en política hasta el votante menos educado es capaz de percibir la falsedad. Tercero, la habilidad para expresarse y su conocimiento, ya que el elector puede hacerse una idea acerca de si maneja las cifras y conoce los temas. Cuarto, si el candidato transmite lo que los romanos llamaban gravitas, es decir seriedad y dignidad. Una energía innata que genera respeto y liderazgo. 

Todas importantes pero lejos de ser suficientes para determinar el voto. A pesar de esto, el impacto fue definitivo. El portal mencionado le da hoy a Hillary, tras el debate, 66% de probabilidad de ganar. Si esta tendencia continúa, la presidencia del país más importante del mundo se definió en 90 minutos. Una clara deficiencia de la democracia, que tal como dijo Churchill, es el peor sistema político excepto por todos los demás.

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