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Analistas 01/06/2026

Ni paz ni victoria

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía
Felipe Jaramillo Vélez PhD Filosofía

La tecnología ha reconfigurado hasta las más simples bases de nuestra cotidianidad, alterando incluso aquello que considerábamos reservado en lo simbólico. Gestos tradicionales de comunión humana hoy son vulnerabilidades de seguridad. Así, la seña de los dedos en forma de V, emblema de paz o de victoria, se ha convertido en una puerta de entrada a ese panóptico digital que nos asedia. Ya no se trata solo de las cámaras de vigilancia que operan como parte del mobiliario urbano, capturando el pulso de las avenidas, u ojos digitales que han invadido la privacidad de lo doméstico, mimetizados en los teléfonos móviles, las pantallas de los televisores, asistentes de voz como Siri o las “inofensivas” líneas de navegación de una aspiradora robótica que mapea nuestros hogares.

Esta exposición permanente ha transformado el significado del autocuidado cotidiano. En países como China o Corea del Sur, las autoridades de ciberseguridad recomiendan a los ciudadanos evitar posar en fotografías exponiendo la parte frontal de las manos. La razón: los lentes de alta resolución que hoy cargamos en los bolsillos son capaces de capturar con nitidez las líneas dactilares que permiten la clonación de la identidad biológica. Al respecto, el artículo “El estado de vigilancia de China está creciendo: estos documentos revelan cómo”, publicado por The New York Times, advierte cómo piratas informáticos están al acecho, alimentando bases de datos a partir de la cotidianidad; convirtiendo un instante de celebración en un vector para realizar un robo digital.

Bajo este panorama, la naturaleza de la seguridad de la información ha mutado de forma drástica. Atrás quedaron los días en que proteger la privacidad equivalía a no entregar el nombre, el documento de identidad, el número telefónico o el correo electrónico; esos datos ya están de manera permanente en la red. Hoy, la verdadera seguridad está en nuestra identidad biométrica. Esta soberanía corporal está siendo cedida, de manera voluntaria pero inconsciente, bajo falsas promesas de eficiencia y bienestar. Entregamos el rostro en los aeropuertos a cambio de rapidez en las filas de embarque y cedemos el escaneo de la retina en los parqueaderos públicos bajo la promesa de seguridad, permitiendo que un algoritmo vincule nuestros ojos a la placa de un vehículo.

Este fenómeno está consolidando un invisible empadronamiento global. Las corporaciones y los Estados ya no solo registran datos estáticos, sino que traducen nuestros movimientos, hábitos de consumo y estados emocionales en flujos de información monetizables. Cada paso, cada parpadeo y cada pulsación cardíaca se transforman en producto para el mercado de la predictibilidad conductual. Al final del día, atrapados en esta red de vigilancia corporativa donde hasta nuestros gestos de esperanza son catalogados y archivados, cabe preguntarnos: si ya no somos dueños de la intimidad de nuestros hogares, del reflejo de nuestras miradas ni de la forma de nuestras manos, ¿qué espacio nos queda para la verdadera libertad en un mundo que nos vigila, ya no desde la torre panóptica concebida por Bentham, sino desde pequeños dispositivos que caben en el ojo de una aguja?

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