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No nací biohacker. Nací deportista. Squash, un título nacional en 2004, el cuerpo como oficio. Después fui ministro del Deporte. Llevo más de 15 años midiendo lo que pasa adentro: alimentación, suplementos, datos que la mayoría ignora hasta que el médico habla. El oído llegó después. En agosto de 2020 perdí el izquierdo. Sordera súbita, profunda, irreversible. El médico lo dijo sin rodeos. Lo que cambió no fue el hábito. Fue la certeza de que el silencio del cuerpo puede ser definitivo.
Eso es lo que implica, al menos en mi caso. No es una vitrina de frascos ni un culto al gadget. Es aceptar que uno es el experimento y el investigador al mismo tiempo. Que la intuición sirve para el saque y no siempre para el colesterol. Que “me siento bien” puede convivir con un marcador que ya se desvió. El silencio en mi oreja dejó de ser neutral. Reforzó lo que ya venía haciendo: medirme, ajustar, dejar de romantizar lo que no se ve.
«El biohacker no persigue la eternidad. Persigue llegar entero al día que le toque.»
Bogotá ayuda y castiga. Vivo a 2.500 metros. El aire entrena pulmones y también inflama, altera el sueño, pide más agua, más hierro, más paciencia. El ciclismo de altura -Whoop en la muñeca, Garmin en el manillar- se volvió mi laboratorio ambulante. Completé los Dolomitas para saber dónde está el límite mental cuando el muscular ya dijo que no. En squash, el cuerpo era rival. En la bici, el cuerpo es bitácora.
La bitácora es concreta. Peso, sueño, variabilidad cardíaca, un LDL que no se negocia solo con discurso, una lipoproteína (a) que, por suerte, salió baja. Café de filtro cuando el marcador pide prudencia. Kéfir, comida de verdad, fuerza, sauna, creatina, electrolitos. No vendo un protocolo. Cuento un método: cambiar una variable, mirar el dato, no enamorarse del frasco. Lo que no se mide se romantiza. Y lo que se romantiza, en salud, se paga tarde.
Hay otra razón, menos técnica. Dos hijas -Violeta y Emma- que crecen mientras uno intenta ser ejemplo de lo que predica. Ahí el biohacking deja de ser optimización y se vuelve cuidado. Dormir para poder estar. Entrenar para no descargar la rabia en quien no la merece. Comer para tener tarde, no para la vitrina. Innovación del Ser, el nombre que le puse a las charlas, no nació en un aula. Nació cuando entendí que la neuroplasticidad no es un concepto: es lo que le queda a quien perdió un canal y tiene que reaprender el mundo con el otro.
Ser biohacker, así entendido, es lo contrario del abandono elegante. Es negarse a que el Estado, la EPS o la edad decidan solos el desenlace. Es la misma tesis que le pido al país en el plato del PAE y en el parque del adulto mayor, aplicada a una sola biografía. Si un exministro no se mide, ¿con qué cara le pide al niño que se mueva y al abuelo que no se siente a esperar el infarto?
No prometo años de más. Prometo años más lúcidos. El oído que se fue no vuelve con un suplemento. El resto -músculo, sueño, cabeza, vínculo- todavía se entrena. El oído no inició el método. Lo confirmó. A eso me llevó la vida. No a una moda. A no volver a enterarme demasiado tarde. Y a que mis hijas vean que el cuidado no es discurso. Es práctica.
El panorama es inquietante. Nicaragua y Venezuela concentran la mayor cantidad de periodistas registrados, mientras El Salvador aparece como un foco creciente de preocupación
Lo que está en juego no es la estética parlamentaria. Se pierde la deliberación, que es la razón de ser del Congreso