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Un terremoto no solo mueve el suelo. Sacude la percepción de seguridad, el sistema nervioso y la capacidad de procesar la realidad. El sismo de magnitud 7,4 del pasado 10 de agosto, con epicentro en el Chocó, nos lo recordó de forma contundente: cientos de muertos, miles de heridos y una sensación colectiva de vulnerabilidad que se extendió mucho más allá de las zonas de mayor daño. Cuando a esa experiencia se suma la sobreexposición constante a noticias, videos, réplicas en tiempo real y opiniones de todo tipo, el impacto mental se multiplica.
Estudios meta-analíticos muestran que entre 23% y 27% de los sobrevivientes de terremotos desarrollan síntomas de trastorno de estrés postraumático en los meses siguientes. En eventos de alta intensidad, esa cifra puede superar 40%. Ansiedad, insomnio, hipervigilancia y el llamado “mareo pos-sismo” -esa sensación de que el suelo sigue moviéndose incluso cuando ya no tiembla- son respuestas esperables del organismo, no signos de debilidad. El sistema nervioso, diseñado para detectar amenaza, permanece activado. El ruido mediático y digital no deja que se apague.
La recuperación no empieza con más información, sino con menos. Limitar deliberadamente el consumo de pantallas, recuperar el silencio y volver a la respiración consciente son actos de cuidado elemental. El cuerpo es el primer territorio que hay que restablecer: el movimiento, el sueño reparador y el contacto físico ayudan a ordenar lo que el exceso de estímulos desordena. Caminar, estirarse, dormir lo suficiente y tocar a quienes queremos no son distracciones. Son intervenciones directas sobre el sistema nervioso.
Hablarse con empatía, no con exigencia, forma parte de esa reconstrucción. Actuar en lo concreto -escuchar necesidades reales, apoyar a quienes están cerca, contribuir con lo que se tiene- tiene más valor que el protagonismo digital o la vigilancia compulsiva de redes. En los días posteriores al temblor vimos ambas caras: solidarios que se movilizaron sin cámaras y otros que convirtieron el dolor ajeno en contenido. La diferencia no es menor. Una reconstruye; la otra solo amplifica el ruido.
La verdadera resiliencia no consiste en aguantar el ruido ni en fingir que no duele. Consiste en innovar el ser: reconectar con lo esencial, recuperar la calma interior y servir desde ella. Solo así se reconstruye, por dentro y por fuera. No se trata de “ser fuerte” en el sentido de no sentir. Se trata de reconocer el impacto, regular el sistema nervioso y volver a elegir, con claridad, desde dónde se actúa.
En momentos de crisis colectiva, la salud mental no es un asunto secundario. Es la base desde la cual se puede reconstruir cualquier otra cosa: las casas, las instituciones, la confianza. Cuidar la mente del ruido no es un lujo individual. Es una condición para que la recuperación colectiva sea sostenible y humana. Un llamado a todos los expertos e instituciones de salud mental en el país.
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