jueves, 2 de abril de 2020

Más columnas de este autor Eric Tremolada - eric.tremolada@uexternado.edu.co

El pasado 26 de marzo Sergio Correia, de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal, Stephan Luck, del Banco de la Reserva Federal de New York, y Emil Verner, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), publicaron un artículo titulado “Las pandemias deprimen la economía, las intervenciones de salud pública no: evidencia de la gripe de 1918”.

Se preguntan sobre las consecuencias económicas de una pandemia de gripe, sobre los costos y beneficios económicos de las intervenciones de salud pública. Fundamentados en la variación geográfica de la mortalidad durante la pandemia de 1918 en los EE.UU., encontraron lo obvio, que las áreas más expuestas experimentan una disminución aguda y persistente en la actividad económica. La pandemia redujo la producción manufacturera en 18%, pues la recesión es impulsada por los canales de oferta y demanda. Pero lo más destacado del escrito, basados en los hallazgos de la literatura epidemiológica, demuestra que las intervenciones de salud pública no farmacológicas, como el cierre de colegios, teatros e iglesias; la prohibición de reuniones públicas y funerales; la puesta en cuarentena de los casos sospechosos y la restricción en los horarios de apertura de negocios, “no solo redujeron la mortalidad: también mitigaron las consecuencias económicas adversas de la pandemia”.

El estudio, basado en la experiencia de la mal llamada gripe española de 1918, que estuvo activa hasta diciembre de 1920, permite colegir que en las ciudades más disciplinadas y que aplicaron mayores medidas de distanciamiento social “también crecieron más en el mediano plazo”, y concluyen que la pandemia “deprimió la economía, pero las intervenciones de salud pública no”. El estudio desbarata los argumentos contrarios al confinamiento social de un grupo de líderes: Trump, Johnson, Sánchez, Fernández, Bolsonaro, López Obrador, que según la creciente evolución del Covid en sus países, tuvieron que comerse sus palabras, descubriendo -como le tocó a Churchill- que se trata de una dieta equilibrada.

Los autores dicen que si bien las intervenciones de salud pública “constriñen la actividad económica”, esta se verá afectada sin ellas, pues se reducirá el consumo y la oferta de trabajo para evitar contagiados. Por ello, las medidas favorecerán la coordinación de la lucha contra la transmisión de la enfermedad y “mitigará la disrupción económica vinculada a la pandemia”. Este aserto lo soportan en cifras que tienen correlación directa sobre el aumento del empleo manufacturero con medidas de distanciamiento antes de la gripe y la extensión de los períodos de las mismas. En palabras de Verner, coautor entrevistado por Ignacio Fariza de El País, “Una pandemia es económicamente tan destructiva por sí misma que las medidas restrictivas, si están bien diseñadas, ayudan a que el golpe sea menor”.

Si las autoridades chinas expidieron el 31 de diciembre de 2019 la primera comunicación oficial del Covid-19 y, sin estudios concluyentes, parece que circulaba meses antes, ¿por qué la reacción tardía y sin restricciones de gobiernos y la OMS que esperó hasta el 22 de enero para hacer una primera evaluación y solo una contundente el 30 de enero? ¿Será que los gobiernos y, lo más grave, la OMS no cuentan con literatura epidemiológica de las múltiples infecciones virales que nos han azotado desde 1918?