En nuestra columna “Liderazgo sobredimensionado” (03/09/20), nos referíamos a la retórica populista, que nos martilla y martilla frases que interiorizamos como ciertas: los medios de comunicación -a menos que comulguen con los intereses populistas- traicionan las aspiraciones del pueblo; las elecciones son y serán fraudulentas salvo que beneficien al candidato populista; los políticos -salvo el populista y los que lo rodean- son corruptos y sanguijuelas del sistema; los partidos políticos suelen ser disfuncionales y poco democráticos. Decíamos que estas, entre otras frases, buscan la sanción moral despolitizando el conflicto social, para que todos se marquen en favor de un liderazgo que asegure sus intereses frente a las amenazas externas e internas.

Esta fue la fórmula con la que Donald Trump llegó al poder, personifica al “pueblo” y una vez alcanzado el objetivo, para ejercer su autoridad, empezó a derruir los contrapesos del sistema, eso sí “representando la voluntad general”. “Descomposición de estilo trumpiano”, como lo señala Habermas, y que lamentablemente, no es exclusiva de los EE.UU. Se instrumentaliza la democracia para acceder al poder, se cuestiona el establishment porque todos son responsables de la situación en general y, sobre todo, de la situación de los desfavorecidos, que han sido “abandonados” por esas élites que combate el populista: de ahí la necesidad de que permanezca una vez esté en el poder.

No ha sido casual que durante cuatro años el inquilino de la Casa Blanca estirara los pilares de la democracia estadounidense y en la campaña reeleccionista repitiera hasta el cansancio que se enfrentaba a una elección “amañada”. Cuando propios y extraños no dudan de la victoria de su opositor, no hay aún un discurso evidente de respeto a las instituciones y a la Constitución. Se insiste -como si existiera otra realidad- en la lógica polarizadora que elimina las posibilidades de trabajar por un proyecto compartido de Nación. Ausencia de sentido de la realidad de Trump y sus seguidores, y de los que nos resistimos a pensar que esto sea posible. En palabras del filósofo John Gray, crítico liberal del liberalismo, la polarización no crea una realidad paralela, sino dos realidades igualmente fantasiosas, parafraseándolo, los demagogos con soluciones ilusorias suman seguidores, porque los liberales no tienen nada nuevo que ofrecer “no se ha generado ningún remedio efectivo para los costes humanos, las víctimas humanas de la globalización”.

En Bolivia también tenemos dos realidades, una oposición de las clases medias urbanas radicalizadas, que no solo se resiste a reconocer la victoria de Luis Arce, sino que no puede digerir que al cabo de un año de acusar a Evo Morales de reelegirse por tercera vez con fraude, paralizando el país, logrando su renuncia y el gobierno interino de Jeanine Áñez, sufriera un contundente resultado electoral que regresó al MAS a la Casa Grande el Pueblo.

Por su lado, el presidente Arce, con un impresionante récord de éxitos económicos como ministro de Morales, dinamizó la construcción de infraestructuras, multiplicó la actividad comercial y turística, incrementó el empleo y aumentó el bienestar, disminuyó la pobreza extrema de 38,2% a 15,2%, dispuesto a sacar a Bolivia de la peor recesión que haya sufrido: “Estamos tranquilos. Estamos acostumbrados a esto”.