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La Doctrina Monroe, que en 1823 advertía a los poderes europeos no intentar la recolonización, pasó de ser un principio de política exterior que respaldaba la soberanía a convertirse en una justificación para la hegemonía de Estados Unidos. Diversas instrumentalizaciones en más de 200 años han definido las estrategias de acción internacional de Washington y han servido como precedente para otras potencias. El profesor Reginaldo Nasser, en Nueva Sociedad, hizo hace un tiempo, un interesante análisis en este sentido que hoy, por su vigencia, retomamos.
A finales del siglo XIX y principios del XX, la Doctrina fue redirigida para justificar la hegemonía regional (Corolario de Roosevelt). En 1905 esta instrumentalización permitió a EE. UU. intervenir en los asuntos domésticos de las naciones del continente no solo contra la interferencia europea, sino también ante la amenaza de revueltas o cualquier tipo de “desorden” interno. Así, se incorporó un sesgo intervencionista a sus fundamentos. Adicionalmente, se convirtió en una estrategia de declaración unilateral y consolidó la noción de “esfera de influencia”.
De este modo, se fue sentando con la Doctrina Monroe una práctica nada altruista para que otras potencias justificaran sus propias áreas de proyección, lo que Carl Schmitt llamó Großraum, espacio grande o esfera de influencia que llegó a ser recogida en el artículo 21 del Pacto de la Sociedad de las Naciones “pensando” en el mantenimiento de la paz: Japón propuso una “Doctrina Monroe para Asia” y justificar sus “intereses especiales” en China y otras naciones, buscando el reconocimiento de su dominio regional y Alemania (el Reich), tras la invasión a Checoslovaquia en 1939, la citó como un ejercicio legítimo de poder dentro de su Großraum que busca el reconocimiento mutuo de esferas de influencia.
Bajo el presidente Woodrow Wilson, la doctrina se usó como estrategia de respaldo a la expansión económica de EE. UU., wilsonianismo que, con los fundamentos políticos de la Doctrina, entendía debían implementarse en cualquier lugar del mundo, permitiendo la injerencia económica y militar. Más tarde se reinterpreta su uso con la Doctrina de Puertas Abiertas, que concibe el mercado mundial como la nueva frontera para el sistema estadounidense. El objetivo no era otro que “abrir las puertas de los países más débiles a la invasión del capital y las empresas estadounidenses”.
El wilsonianismo promovió el uso de sanciones económicas como un instrumento “pacífico, silencioso y letal” de diplomacia internacional en respuesta a las guerras y de ahí su inclusión en el Pacto de la Sociedad de las Naciones (artículo 16).
En 2013 John Kerry declaró el fin de la Doctrina Monroe, la primera administración Trump la enalteció, y Biden rechazó explícitamente la idea de que Sudamérica es el “patio trasero de EE. UU”. Las élites estadounidenses justifican usar instrumentos económicos (sanciones) para castigar a gobiernos que desafíen su predominio o se alíen con sus rivales, manteniendo viva una visión hegemónica. Por su parte, China y Rusia critican a EE. UU., el primero asevera: “corresponde al pueblo de Asia manejar los asuntos de Asia”, acusa a Washington de adoptar una “Doctrina Neo-Monroe” en América Latina, mientras el segundo afirma que Washington intenta expandir su esfera de influencia en el planeta.
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