Analistas

Divorcio doloroso

Muy difícil encontrar un divorcio agradable. No suele ser un proceso amistoso y, por el contrario, es común ver cómo, una o ambas partes, imponen sus condiciones. El Reino Unido, que como cónyuge amenaza con abandonar el hogar, empezó alardeando con el Brexit hasta que se le dio el resultado, y ahora entiende que su separación de la UE es real y más dolorosa de lo imaginado.

Primero, el gobierno de Londres intentó dilatar la denuncia formal de los tratados de la UE con el fin de que no corriera el término perentorio que impone el artículo 50 del Tratado de Lisboa para negociar su nuevo estatus con la UE. Los beneficios con los que cuenta como socio de la UE dejarán de aplicarse a partir de la fecha de entrada en vigor del nuevo acuerdo, o en caso de no haberse alcanzado este, en un plazo de dos años a partir de la notificación de la retirada.

Segundo, Theresa May y su gobierno -que les costó más de ocho meses entender que primero se notifica la salida y luego se negocia con la UE- siguen pretendiendo negociar el divorcio y un nuevo acuerdo con Bruselas como un todo. Sin embargo, la UE impone sus condiciones, y antes de empezar a discutir un nuevo estatus con los británicos, quiere definir los aportes financieros que les corresponden en el marco de los compromisos adquiridos y aún vigentes.

Tercero, después de tres rondas de negociación con tímidos avances, el gobierno británico empieza a estimar su obligada aportación financiera en unos 55.000 millones de euros, mientras que la UE la estima en unos 100.000 millones. Así, y una vez acuerden el monto, podrán centrarse en dos puntos de difícil discusión: preservar un nuevo límite exterior de la UE entre Irlanda del Norte (del Reino Unido) y la República de Irlanda, como una frontera abierta y sin controles, y discutir cómo mantener los derechos de los trabajadores europeos en Reino Unido y el de los británicos en la UE.

Cuarto, Londres viene comprendiendo además, la necesidad de una solución transitoria que conserve las ventajas de la unión aduanera y el mercado único mientras se negocia un nuevo acuerdo de libre comercio definitivo, y que el Tribunal de Justicia Europeo mantenga su jurisdicción durante la transición.

Quinto, la relación que tiene la UE con Noruega parece ser la clave y la intención de Bruselas. Forma parte del mercado único, hace aportaciones financieras a la UE y se halla bajo la jurisdicción del Tribunal de Luxemburgo; no obstante, no participa en las instituciones ni en todas las políticas europeas. Pero, como bien anota Lluís Bassets, para el Reino Unido -un país de peso en la historia europea- un estatus de pequeño país, no se ajusta a su vocación de centralidad.

Sexto, el último revés de la arrogancia británica lo proporcionaron Japón y Corea del Sur, que recibieron a la primera ministra y le informaron que prefieren esperar a que los socios de la UE tracen la pauta de su futura relación con Londres. En otras palabras, Bruselas tiene la llave de la negociación de los eventuales acuerdos bilaterales de libre comercio de estas potencias asiáticas con el Reino Unido.

Finalmente -como contrapeso-, el ministro británico para el Brexit, David Davis, recién llegado de la tercera ronda en Bruselas, se ha desplazado a Washington, donde tiene previsto exponer el escenario post Brexit y estrechar lazos comerciales con Estados Unidos.