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Derecho a la blasfemia

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“La libre comunicación de los pensamientos y opiniones es uno de los más valiosos derechos del hombre, todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente, excepto cuando tenga que responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley”. Estas líneas forman parte del artículo XI de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobados por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789, y no deja de ser paradójico que 226 años después sirvan para enmarcar las dos caras del debate que ha surgido después de la barbarie en la redacción de Charlie Hebdo: los límites de la libertad de expresión frente a las creencias.

La libre difusión de las ideas diseñó -desde la ilustración-, el derecho a la libertad de expresión. Montesquieu, Voltaire y Rousseau apostaban por el disenso y veían que este determinaba el avance de las artes, las ciencias y la participación política. Derecho que, entre otros, cimentó la guerra de independencia de los Estados Unidos y su primera enmienda, y la revolución francesa.

No obstante, el estilo provocador de Charlie Hebdo se percibe -según el intérprete- como insultante y ofensivo, o como satírico y humorístico, o sencillamente, sin corrección política y de mal gusto. De ahí que muchos sientan -con derecho- que atropella sus creencias. En todo caso su línea editorial ha sido y es defendida por los caricaturistas asesinados y sobrevivientes como un derecho natural, y más allá de su propósito provocador y de lo ofensivo que pueda ser para algunos, tenían y tienen razón. Los derechos del hombre, entre ellos el de expresión,  se entienden como universales, válidos en todo momento y ocasión por ser inherentes, propios de la naturaleza humana. Concepto consolidado a partir de la doctrina de los derechos naturales.

Por su parte, una creencia -por sagrada que sea- no es más que una opinión personal, que se fundamenta en convicciones, teorías, paradigmas, pero si se quiere que sea consistente -parafraseando a Savater- debe someterse a la crítica, al análisis que la corrobore o desvirtúe. Todos tenemos derecho a creer en lo que queramos y también a ofendernos con los que banalizan nuestras creencias.  Sin embargo, estos derechos que se fundamentan en la libre comunicación de los pensamientos y opiniones, son del ser humano, inherentes a él, mientras que las creencias son un producto de este. No son equiparables, estas no tienen derechos.

Así, el derecho a la libertad de expresión -incluídas nuestras creencias- solo debe tener los límites que la ley le impone y si se transgreden se deberá sancionar a los transgresores conforme a esta. En el caso de Charlie Hebdo esto pasó en más de una ocasión y si las sanciones para algunos no fueron suficientes, están en todo su derecho a creerlo y al hacerlo -como ellos- están ejercitando la misma libre comunicación de pensamientos y opiniones que ejercitamos todos al tomar partido sobre el execrable crimen. La libertad ajena no debe complacernos, ¡qué fácil sería  respetarla si así fuera!

Toda creencia podrá ser sagrada según el intérprete, subjetividad que no es ajena al calificar algo de blasfemo. En todo caso, la blasfemia es un derecho humano, fundado en la libertad de expresar pensamientos y opiniones, y sus límites no deben ser otros que los que fije la ley. ¿Por qué nos duele tanto a los creyentes los sacudones racionalistas, así sean de mal gusto? ¿Será por la fragilidad de nuestra fe y convicciones? 

“Je suis Charlie”, sin descartar mi derecho a ofenderme por la forma como se expresa su línea editorial y como se practican muchas religiones, incluida la mía. 
 

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