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“Mentiras, extremismos y desgano” fue el título que usamos el 16 de noviembre de 2016. Tres palabras que pretendían explicar tres resultados que, en ese entonces, nos parecían inconcebibles: elegir a Trump para su primer mandato, que ganara el Brexit en el Reino Unido y el “no” a la paz en Colombia. Diez años después, parece que se consolidó lo inverosímil.
¿Transformación desestabilizadora global? Con un marketing populista que enfatiza la desinformación, el clasismo y la xenofobia, se trajo de vuelta a Trump para un segundo mandato; se afianzó el poder de los “patriotas” en Europa, de la extrema derecha o la ultraderecha y, en Latinoamérica, esa corriente viene ganando poder en la mayoría de los países. Con una retórica que apela a la nostalgia de un pasado inexistente, se debilitan las democracias y se irrespeta el orden internacional.
Lo que sorprendía hace 10 años hoy es una realidad política consolidada, caracterizada por líderes con olfato para detectar malestares sociales que ofrecen, como alternativa, promesas fraudulentas. Al desorden político se han sumado una pandemia, guerras inacabadas y el riesgo de una distopía generada y dominada por los tecno-oligarcas; para completar, no solo potencias como Rusia y China siguen el ejemplo depredador de Estados Unidos.
Se aviva de forma permanente la percepción, entre los ciudadanos, de que son despreciados por las élites, así como el miedo a un sinnúmero de enemigos, para que estos sigan siendo el motor de una consolidación que demuestra que las causas que motivaron la columna de 2016 no se han resuelto, sino que los partidos tradicionales, sumándose a esa dinámica, han contribuido a profundizarlas.
Para el Reino Unido, el legado del Brexit, en términos de influencia internacional, no puede ser más desolador: marca una década de retroceso en la capacidad británica para actuar como un actor de peso en el mundo. Las expectativas de una “Global Britain” y de una relación especial con Washington, que se vería favorecida por el divorcio con Europa, no solo no se materializaron, sino que el país ha mantenido una espiral de inestabilidad política que está por sumar su séptimo primer ministro. Starmer, ya de salida, hizo esfuerzos ingentes por recuperar parte de esa influencia. Apoya decididamente a Ucrania frente a Rusia en un intento de restablecer el vínculo con la UE, relación que los gobiernos conservadores habían deteriorado de forma casi irreversible. Como todo divorcio, el Brexit restó.
Se estima que el PIB per cápita es entre 6% y 8% más bajo de lo que habría sido si el país no hubiera salido de la UE. Incapaces de reactivar una economía que languidecía sin el anclaje europeo, perdieron influencia y mercados. Y aunque con el gobierno laborista las cifras empezaban a sugerir un cambio de rumbo, el costo de la vida sigue aumentando, al mismo ritmo que la impaciencia del electorado. Inestabilidad política, fragmentación social y retroceso en la capacidad británica para actuar como un actor de peso en el mundo resumen estos años. En fin, el legado de esta década parece ser la polarización extrema y las fracturas sociales amplificadas por los tecno-oligarcas, donde dos proyectos de país opuestos, con promesas fraudulentas y desinformación masiva, se enfrentan no solo en EE.UU., Reino Unido y Colombia. Sin voluntad política y participación ciudadana, la fatalidad es irreversible.
Olvidar que el consumidor necesita comprender bien este cambio puede generar una percepción negativa que empañe una migración necesaria