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Colombia, contra la corriente

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El profesor Ian Morris de la Universidad de Stanford, con motivo del centenario de la primera guerra mundial, lanzó el libro War! What is it good for? (¡Guerra! ¿Qué es lo bueno?), y llegó a dos conclusiones -una más obvia que la otra- que las guerras son una absurda pérdida de vidas, pero a su vez, ellas han permitido que los seres humanos vivan hoy en un mundo más pacífico. 

El estudio de Morris demuestra que con la paz de los posconflictos se han creado sociedades más organizadas, institucionalizadas, integradas, ricas y seguras, y se reduce el riesgo de morir a manos de otro. Incluso en el siglo XX, que soportó dos guerras mundiales, el porcentaje de muertes violentas solo representó el 1% de la población. Pero que gocemos de una probabilidad de morir 10 veces menores que si estuviéramos en la edad de piedra, es un desencadenante de la guerra, pues los que la deciden arriesgan muy poco y los muertos los ponen otros.

En Colombia nos negamos a acortar la curva de aprendizaje, insistimos en las fórmulas que no han dado solución a los conflictos vividos desde que nos independizamos y nos condenamos, por generaciones, a no conocer la paz. Los que creen que ganaremos la guerra contra las Farc, que en 50 años no han sido vencidas pese a la inmensa ayuda de EE.UU. (Plan Colombia), solo vemos que los actores degradan más este conflicto sin fin.

Con todos los defectos que tiene el gobierno Santos -que no son pocos- es el único que utilizó todos los recursos políticos para institucionalizar los cimientos en que se soportarían el proceso de paz y el posconflicto. La indemnización de víctimas, la restitución de tierras y el marco jurídico para la paz, que garantiza la no repetición, no son solo exigencias del ordenamiento internacional, sino las razones por las cuales las Farc se sentaron a negociar con agenda predefinida. El frustrado proceso de Pastrana duró tres años negociando una agenda, en medio de la tregua y cesión territorial; y durante sus ocho años de gobierno, Uribe no descartaba una salida negociada con reglas claras y acompañamiento internacional. En año y medio con veedores internacionales permanentes, marco institucional, reglas de negociación y agenda, ya acordamos lo concerniente al desarrollo rural, las garantías para el ejercicio de la oposición política y la participación ciudadana y lo relativo al tema de las drogas ilícitas, incluido el desminado. Queda pendiente el resarcimiento a las víctimas -que cuenta con ley marco- y el fin del conflicto. 

Pero la política es mezquina, pocos contrastan y muchos ven amenazado el statu quo. En este cuatrienio los indicadores -huevitos de Uribe- en seguridad, inversión y cohesión social mejoraron, pese a ello, el gobierno que los optimizó (empolló) y que viene sentando las bases para un país más institucionalizado que garantice el posconflicto es tildado de traidor, entreguista, castro-chavista y lo castigan en las urnas. Mientras tanto, la campaña opositora, con cinismo descarnado, nos ofrece una Colombia “distinta” desinstitucionalizada, con más guerra y reformas a la justicia, educación y salud, olvidando que en sus 8 años de gobierno no hicieron las mismas reformas que vuelven a prometer y que entregaron una justicia corrupta y espiada por el ejecutivo, una educación con presupuesto recortado y una salud quebrada que solo sirve a los intereses de los que la administran. Si ellos vuelven a ser gobierno poco de distinto y mucho de lo mismo, si lo consigue Santos, con seguridad la reedición de ¡Guerra! ¿Qué es lo bueno? incluirá la experiencia colombiana. 

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