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¿Plebiscito? Sí. La meta: abrazar la paz

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El tener puntos de vistas diferentes a otras personas no es un drama insuperable, por el contrario, es un derecho de libertad consagrado como un derecho humano en los Estados Sociales y Democráticos de Derecho que las autoridades deben garantizar a todos, sin excepción. 

En este contexto, disentir acerca de políticas de paz, de cómo se van diseñando y construyendo sus bases es apenas natural. Lo que uno no puede hacer es cerrar los ojos ante la posibilidad de detener la muerte de los hijos de los más pobres de este país, sean miembros del Ejército Nacional o de las guerrillas. El conflicto armado hay que detenerlo ya y estamos a punto de logarlo.

El plebiscito aparece como una herramienta propuesta por el gobierno central, a través de la cual, se somete a votación popular un asunto de especial importancia para el Estado. En este caso: la legitimidad de los acuerdos de paz de La Habana. Esto conduce a que es el pueblo el que ratifica o no los acuerdos a los que haya llegado el gobierno Santos con las Farc.

Se pueden hacer muchas criticas y argumentaciones sobre si era o no el mecanismo de participación ciudadana más adecuado para ese fin, pero no podemos enredarnos en eso, hay que visionar y avanzar. Soy de los que piensan que una Asamblea Nacional Constituyente hubiese sido más pertinente porque nos daría la oportunidad de estructurar un modelo de Estado Regional que aportara, de una forma más determinante, al postconflicto en los lugares más afectados por la guerra, pero si se decidió por un plebiscito hay que tomar esa herramienta y hacerla útil porque la meta es abrazar la paz.

Nuestro destino no puede ser permanecer en la guerra, por tal motivo, hago un llamado a los alcaldes y gobernadores electos, quienes seremos los mandatarios del postconflicto, nuestra responsabilidad será enorme porque en las regiones es donde más se sufre por los efectos del conflicto no internacional que aplastó y sigue aplastando la vida de muchos colombianos.

Tenemos que apoyar a fondo el proceso de paz que, en este momento, coincide con la política de sacar adelante la propuesta del plebiscito para que logremos la aprobación mayoritaria de la población, independiente de lo que pensemos de cómo se determina la mayoría que debe dar su aprobación.

El plebiscito por la paz tenemos que apoyarlo a fondo en sabia contribución a la superación del conflicto armado. El deber de un demócrata es respaldarlo para que el porvenir nuestro no sea la violencia, el terror y la muerte en una guerra incivil, como decía Miguel de Unamuno, sobre España.

Pese a cualquier valoración que podamos tener sobre el plebiscito, no podemos ignorar que ayudará a legitimar el consenso que se construye para la superación del conflicto armado degradado en el que estamos inmersos. El plebiscito no es la paz, pero no puede uno ser tozudo de ponerle el defecto de que no contribuye a su materialización. 

Queda a discreción del Gobierno y el Estado aportar aun más con la implementación de otros mecanismos que sumen a la cimentación de la paz.

En conclusión, podemos disentir sobre asuntos políticos o sobre cualquier asunto porque está en la naturaleza humana, pensar, y pensar distinto es lo más auténtico de la raza humana por la pluralidad de la que está dotada, lo que es inaceptable es que a nombre de esa pluralidad se favorezcan intereses guerreristas que ponen como carne de cañón a los colombianos más pobres, aquellos que vestidos con uniformes de guerrillero o del Ejército Nacional se maten entre sí por una guerra estéril. Así que asumamos el plebiscito para decir: Yo quiero paz.

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