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La seguridad de la inteligencia de Estado

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El Estado es un instrumento para ofrecer seguridad a los asociados y, en consecuencia, tiene que adoptar políticas y leyes que garanticen la seguridad personal y la paz. El gobierno, como brazo ejecutor de ese Estado, está en la obligación política de brindar seguridad democrática. En conclusión, la justificación racional del Estado moderno es la seguridad.

Los centros de la inteligencia del Estado, por lo tanto, tienen la misión de diseñar estrategias para que la paz y los derechos ciudadanos estén protegidos y puedan ser disfrutados, no obstante cabe advertir que tales estrategias de los aparatos de inteligencia estatal deben elaborarse y practicarse dentro de un marco de discrecionalidad, no de arbitrariedad.

Las reglas de la prudencia enseñan que una seguridad democrática tiene que aparecer como un medio plausible, no como agresiones a los derechos y libertades de las personas. La mejor estrategia de seguridad estatal es aquella que aparece como necesaria en su justa medida para toda la sociedad. No es fácil alcanzarla, requiere de tino.

Baltasar Gracián, en el “Arte de la prudencia”, en uno de sus sabios aforismos, el 14, enseña: “El fondo y la forma. No basta la esencia, también se necesita la circunstancia. Los malos modos todo lo corrompe, hasta la justicia y la razón. Los buenos todo lo remedian: doran el no, endulzan la verdad y hermosean la misma vejez”.

En la antigüedad romana se admiró la sagacidad política de Julio César al repudiar a Pompeya con la finalidad de afianzarse en el poder. Su frase: “La mujer del César no solo debe ser honesta sino parecerla” es una pieza de prudencia política. Esa decisión de Julio Cesar le permitió salir adelante en su lucha política.

Estas reflexiones son una respuesta al escandaloso descubrimiento de las interceptaciones realizadas por organismos de la inteligencia militar mediante monitoreo del espacio electromagnético. Actividad cargada de chamboneo,  ausencia de profesionalismo y con aparente invasión a esferas no autorizadas por el ordenamiento constitucional.

El manejo que se le dio a este asunto no fue el más adecuado. Todo condujo a una confusión mediática y a una serie de comentarios oportunistas que afectan de manera drástica la institucionalidad y en este preciso momento los colombianos necesitamos acciones que conduzcan a la certeza, a la paz, a la reconciliación, muy a pesar de los actos de barbarie por los que hemos pasado. No es un asunto de candidez u optimismo falso el que engendran mis palabras, es la prioridad de sumar capacidades para transformar en positivo este país.

De todas formas, no se puede olvidar que los derechos humanos son límites a todas las acciones de los poderes. Los derechos humanos no desaparecen ni pueden ser agredidos por el Estado y sus agentes en las estrategias de seguridad democrática. Éste es un medio para asegurar el disfrute de los derechos humanos, no para atacarlos.

Una reflexión final. En “El arte de la guerra”, Sun Tzu, enseñó que un factor decisivo para derrotar al rival en la guerra que no debe olvidarse jamás, era la influencia moral. Ser un ejemplo moral es un deber tanto del Estado como de sus autoridades en su lucha contra la violencia y el terrorismo. Sin respeto a las reglas morales no podrá derrotarse a los violentos e ilegales.

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