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La pobreza de un país al revés

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‘De un país al revés’ es la impresión que de golpe tenemos al estudiar el mapa de la pobreza en Colombia que ubica a los departamentos más pobres con familias que sobreviven con US$2 diarios o menos. 

 
La pobreza, según el último informe del Dane, está enquistada en nuestras costas: De los 10 departamentos más pobres del país, ocho están pegados a nuestros mares: tres en el Pacífico y cinco en el Caribe. Chocó tiene el 64% de las familias en estado de pobreza. 
 
Ello es muestra clara de cómo Colombia ha crecido de forma contraria a la lógica de los países más avanzados del planeta que se desarrollaron en sus costas y a través de sus costas.
 
Esta conclusión se ratifica cuando en el mapa en estudio se ubican los departamentos con más “pobreza extrema”, es decir, con más familias que viven con ingresos diarios de US$1 o menos. Nuevamente Chocó presenta el más alto índice de miseria con un reporte de 34% de su población. 
 
No hay que hacer un mayor esfuerzo para concluir que la ubicación geográfica de la pobreza en Colombia es el resultado de un modelo estructural y mental equivocado que ha justificado la implantación del centralismo como modelo económico y social durante 200 años.
 
Los expertos aconsejan cambiar el patrón de crecimiento económico para que se haga más balanceado, pero intersectorialmente. 
 
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la solución para bajar los niveles de pobreza está en la generación de empleo ‘decente’ que no se logrará con el patrón de crecimiento económico actual, basado en la minería, ya que utiliza poca mano de obra y ocasiona un detrimento notable a la agricultura y a la industria que se han visto afectada por la  revaluación del peso. 
 
Los expertos también analizan que el crecimiento reciente de nuestro país, de 3,7% promedio anual, en los últimos 20 años, está muy por debajo del 5,5% logrado entre los años 1965 y 1980.
 
¿Por qué estos especialistas nunca abordan un patrón de crecimiento económico balanceado y con equidad geográfica? es decir, “desarrollar modelos de equilibrio geográfico válidos”, tal como lo señala Krugman en su Nueva Geografía Económica. Parecería normal la altísima concentración de las riquezas y del desarrollo económico en algunos sectores del país con recursos que provienen de otras regiones, lo que a nuestro juicio es absolutamente aberrante.
 
Por ello, es importante exigir que el Estado juegue un rol más determinante en el fortalecimiento de las regiones, hoy supremamente pobres, y articular desde ya un desarrollo económico con crecimiento inducido, es decir, pensado, planificado y con unas proyecciones reales.
 
Si bien, el modelo mental centralista nos viene socavando desde la época de La Colonia española, hecho que ha sido tomado por los gobernantes como parte de nuestra idiosincrasia, estamos en mora de superar esa limitación porque las regiones lo están requiriendo con urgencia.
 
La clase dirigente de las regiones se ha acomodado al centralismo (así no encaje). Hay  una actitud sumisa y pasiva que acepta esa realidad con cierta resignación. Se le atribuyen todos los males al gobierno central, pero no hay un empoderamiento regional categórico, no hay una voluntad de un auto-gobierno que dé un gran cambio de modelo mental que logre una transformación eficaz.
 
Tiene que haber un despertar (y poco a poco se está dando) porque más de lo mismo, más centralismo, dará lo mismo, pero si llegamos a construir un país estructurado en regiones sólidas, con gobiernos regionales autónomos y responsables de utilizar las herramientas adecuadas para bajar los niveles de pobreza exorbitantes actuales, sin duda seremos una sociedad más justa.
 
La equidad social se logra con más y mejor educación, más empleo, mejores viviendas y servicios públicos, estamos de acuerdo, pero no es suficiente, se necesita el manejo directo y cercano de gobiernos con autonomía regional. La tarea ya empezó, ¡Sigámosla! porque no podemos seguir eternamente  al revés. 
 
 “Reducir la verdad de un pobre a una renta de uno o dos dólares es, en sí mismo, no solo una aberración, sino también un insulto a su condición”: Majid Rahnema.
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