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Alfonso López Michelsen, el político moderno

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Oír, lo es todo. El diálogo permite transitar hacia la sabiduría y por ende al conocimiento. Así lo afirmó el sabio del siglo XX, Hans George Gadamer, y de esto me sujeto para recordar el placer que me generaba oír al expresidente Alfonso López Michelsen quien representó para mí, adentrarse al templo de la sabiduría.

 
Su fina sapiencia incrustaba en mi mente lo que necesita oír en el momento oportuno. Era un retórico como pocos, manejaba el arte de la palabra con el propósito de seducir y persuadir en forma honrada.
 
Su enseñanza no era de ocasión. Quedaba fijada en el espíritu de su oyente. Hablaba en forma de máximas y metáforas para que uno comprendiera mejor. Era un maestro. MAESTRO, con mayúscula.
 
Ante todo, era un político moderno. Un maestro de la política. Su discurso era una prolongación de su formación, fundada en el espíritu de la modernidad en la que la razón y la libertad van de la mano, en la que la tolerancia y el pluralismo tenían que ser la virtud y el talante del político actual: Tolerancia y pluralismo, su eje.
 
Me impactó la profunda admiración que profesaba por José Eloy Alfaro Delgado, ilustre intelectual ecuatoriano y expresidente de la República hermana quien fue asesinado en un acto de intolerancia. Destacaba de Alfaro Delgado su laicismo, su defensa a la libertad de expresión y el compromiso por la igualdad de derechos de la mujer. 
 
Explicaba cómo su padre tuvo la oportunidad de conocer y aprender de cerca el enfoque social de su gobierno y cómo, después, lo impacto a él. Lo conmovió su muerte trágica e injusta.
 
López Michelsen entendió la necesidad de reformar constitucionalmente la administración de justicia. La justicia tardía no es justicia, decía.  Tenía la claridad de percibir que el problema de la administración de justicia estaba en la forma centralista y autoritaria como estaba organizada, con poderes de decisión y mando incrustados verticalmente en el centro del país.
 
Su visión de organización del poder en el territorio, le permitía tener claro que el modelo de Estado centralista no era democrático. Profesaba su amor por la regionalización. Consideró que las regiones fueron expropiadas sin indemnización en la autoritaria Carta Política de 1886. En esta expropiación nació el atraso de las regiones periféricas. 
 
Ante la necesidad de reformar el régimen territorial y la administración de justicia, convocó una Asamblea Nacional Constituyente. En ese momento fracasó ante la Corte Suprema de Justicia, sin embargo, la claridad de su pensamiento fue captada posteriormente, la Corte cambió de opinión y luego de una convocatoria, se cristalizó la Carta Política de 1991.   
 
El Estado de Derecho, en su pensamiento, tiene el deber y la obligación constitucional de mantener el orden público. Un Estado fuerte era su lema. Fuerte, no autoritario. Fuerte en sus instituciones para que funcionen y garanticen la seguridad, los derechos y libertades. “Democracia con mandato claro”, afirmaba; responsabilidad política, era su programa.
 
En política internacional, promovía las relaciones en pie de igualdad entre las naciones. En enero de 1973, pronunció un discurso en la Cámara de Comercio Colombo-Americana, considerado una pieza de dignidad nacional y de relaciones igualitarias entre los países. Proponía cambios ante la débil política internacional que tenía (o tiene) Colombia ante los poderosos.
 
Su intervención, para el reconocimiento de los derechos sobre el Canal de Panamá por la Nación hermana fue genial y práctica. No menos lo fue su colaboración para que la paz en Centroamérica fuera una realidad. Rechazó las dictaduras.
 
Hice parte del grupo que, bajo su conducción, trabajó por la afiliación del Partido Liberal a la Internacional Socialista para lo cual hubo que explicar hasta la saciedad la esencia de su ideología socialdemócrata. 
 
Definitivamente, Alfonso López Michelsen, el político moderno.
 
 
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