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Elecciones sin debate

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No se siente el impacto del debate electoral en la economía. Poco o nada se ha movido la aguja que pudiera indicar sobresaltos por los resultados del pasado 11 de marzo. Podría interpretarse que hay relativa seguridad en nuestro andamiaje institucional y que la inversión y la demanda no acusan cambios sustanciales frente al relevo del Gobierno.

La aparente calma presenta, sin embargo, síntomas preocupantes que podrían indicar, a propósito de la Semana Mayor, que la procesión va por dentro. En el Congreso todo cambió para que nada cambiara. Hay “renovación” en la Cámara y en el Senado, pero nada indica que las cosas hayan mejorado. La elección del Congreso fue un concurso de dinero, bien y mal habido, que se utilizó en cantidades nunca vistas para comprar la mayoría de las curules, pagando la concupiscencia y arrodillando al ciudadano pobre, ignorante o perverso, para mantener el círculo de quienes gravitan alrededor de la contratación pública y de los cupos indicativos.

La crispación del debate margina los temas sustanciales, y la utilización de mentiras y verdades a medias puede terminar, como en el pasado, definiendo la voluntad ciudadana. Universidades prestigiosas como Oxford y Cambridge han prendido las alarmas sobre la incidencia de las fake news en la opinión, concluyendo que son más la veces que la derecha recurre a este torvo expediente. Colombia no es la excepción y un columnista ha afirmado que tiene fuentes anónimas que vinculan al uribismo en la utilización de la mayor empresa productora de noticias falsas: la Cambridge Analytica, que ha intervenido en centenares de debates electorales en todo el mundo. No sería bueno para el país que este tipo de prácticas, que ya se vieron en el plebiscito, terminen direccionando al electorado.

De otra parte, hay nubarrones en la economía que anuncian tormenta. La mora en la cartera vencida es una de las señales preocupantes. La de consumo ha subido 22% superando los $7 billones, mientras la hipotecaria aumentó en 27% alcanzando los $2 billones. No hay riesgos en el sector pero hay deterioro en el balance y en las disponibilidades del crédito por la necesidad de provisionar las deudas.

La revaluación del peso tiene pros y contras, pero lo más preocupante es que en nada contribuye a impulsar el despegue de la industria que vuelve a frenarse y nos precipita en la política extractiva que tantos problemas está generando, no solo en Colombia sino en el mundo, con el medio ambiente. En estos aspectos y en otros de vital importancia como la generación de energías limpias, la revisión del modelo de salud, la reforma educativa, la agraria, la política y la de justicia, el debate se torna sesgado pues el hecho de que quien propone más abierta y claramente la necesidad de implementar reformas de gran calado, sea el candidato de la mal llamada izquierda, hace que se eluda la confrontación de ideas. Preocupan temas como la inequidad y el orden público y se equivocan los candidatos que pretenden pasar de agache en estos temas. La última reforma tributaria, gravó el trabajo y sustituyó renta por IVA incrementando la regresividad tributaria; y aunque se molesten los grandes propietarios rurales, tarde o temprano tendrán que renunciar a sus privilegios catastrales y poner a producir los fundos dedicados al engorde o a la ganadería extensiva.

Hablar de izquierdas y derechas son anacronismos pasados de moda. Es necesario debatir sobre los grandes problemas nacionales.

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