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En Italia tenemos el refrán “Tra dire e il fare, c’è di mezzo il mare”, cuya traducción literal sería “Entre el decir y el hacer hay un mar de por medio”, y que corresponde al español “Del dicho al hecho hay mucho trecho”.
La Evaluación Descentralizada de las Actividades de Nutrición del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en Guinea-Bissau para el período 2022-2024, realizada por Econometría Consultores, con sede en Bogotá, había sido programada inicialmente para cerrar a fin del 2025. Sin embargo, el proceso se extendió hasta la segunda mitad de 2026, tras la interrupción del proceso electoral y el golpe de Estado de noviembre de 2025.
El equipo evaluador, que reflejaba el carácter internacional y multidisciplinario del trabajo, reaccionó inicialmente con preocupación a la situación originada por la crisis política y, posteriormente, aliviado por una cierta normalización de la situación nacional, mostró un renovado entusiasmo cuando la evaluación fue confirmada*.
El equipo, con entusiasmo, experiencia, algo de preocupación y mucha, muchísima disposición para adaptarse se hizo a la mar y navegó por las aguas no siempre tranquilas entre el decir y el hacer. El viaje fue, afortunadamente, bastante más corto y menos accidentado que el de Odiseo de regreso a Ítaca, aunque no estuvo exento de aprendizajes, imprevistos y emociones. En nuestro caso, el timón apuntaba hacia dos islas -imaginarias- a las que decidimos llamar: Noética (del griego νοητικός, noētikós: «relativo al pensamiento o a la comprensión»), la isla de la comprensión, y Práxila (inspirado en el griego πρᾱξις, práxis: «acción, práctica, realización»), la isla de la acción y la utilidad. Porque evaluar no consiste únicamente en entender qué ocurrió y por qué: el verdadero viaje consiste en convertir ese conocimiento en algo útil para quienes deben tomar decisiones y actuar. Y, a diferencia de Odiseo, tampoco tuvimos que esperar la intervención de Atenea: pudimos contar con Víctor y con los colegas del PMA, que nos ayudaron a navegar por las complejidades del proceso sin interferir en la independencia de la evaluación.
En Noética encontramos la evidencia, pero también las distintas voces y, a veces, sus aparentes contradicciones. Documentos, cifras, entrevistas, grupos de discusión y observación fueron adquiriendo sentido al contrastarlos y triangularlos hasta permitirnos comprender mejor qué ocurrió, para quién, cómo y por qué. Algo que parece sencillo llevó meses de trabajo: entender cómo se produce el cambio. Y la evaluación nos recordó que, en nutrición, pocas cosas dependen de una sola causa. Saber qué comer es un primer paso fundamental: permite reconocer un problema, tomar decisiones más informadas y participar más activamente en la búsqueda de soluciones. Pero entre saber y poder hacer aparecen las condiciones de la vida cotidiana. Los ingresos familiares, el precio y la disponibilidad de los alimentos, el acceso a los servicios, el tiempo dedicado a los cuidados o las decisiones dentro del hogar pueden facilitar o limitar la puesta en práctica de ese conocimiento. De ahí una primera enseñanza: prevenir la malnutrición exige mirar más allá de la nutrición.
En esa misma isla comprendimos mejor por qué la nutrición no empieza ni termina en un centro de salud. Una comida servida en una escuela, por ejemplo, puede alimentar a un niño, pero también favorecer su asistencia y permanencia escolar; y, si los alimentos se compran a productores locales, puede generar oportunidades económicas y fortalecer los sistemas alimentarios de la comunidad. Salud, educación, agricultura, protección social y resiliencia dejan entonces de ser compartimentos separados. También cambia la manera de entender la equidad: llegar a una comunidad remota puede requerir más tiempo y recursos que atender a una población fácilmente accesible, pero precisamente quienes son más difíciles de alcanzar pueden ser quienes más necesitan el apoyo. Y descubrimos una idea igualmente sencilla pero importante: la continuidad forma parte del resultado. Para una familia, una escuela o una comunidad, no basta con que una intervención sea adecuada: también importa poder contar con ella de manera previsible y continuada. Y, mirando más allá del proyecto, importa que parte de los conocimientos, capacidades y estructuras creados puedan perdurar.
Práxila, la isla de la acción y la utilidad, nos permitió transformar esas comprensiones en propuestas concretas.
Algunas apuntan a conectar todavía más las intervenciones: acompañar la educación nutricional con condiciones que permitan a las familias aplicar lo aprendido; vincular salud, escuelas, producción local y protección social; fortalecer la capacidad de llegar a las poblaciones más alejadas; y utilizar modalidades flexibles, como las transferencias monetarias, allí donde los mercados, los sistemas de pago y las condiciones operativas permitan aprovechar sus ventajas. Otras miran al largo plazo. Fortalecer capacidades no termina en capacitar personas o realizar talleres: implica también dejar herramientas, procedimientos, mecanismos de coordinación y capacidades locales que puedan seguir funcionando cuando cambian quienes los gestionan o disminuyen los recursos externos que los sostienen. Pero quizás el aprendizaje que conecta mejor las dos islas sea que comprender y actuar forman parte del mismo viaje. La sostenibilidad no consiste en que todo continúe indefinidamente de la misma manera, sino en reconocer qué conocimientos, prácticas, capacidades y estructuras pueden arraigarse localmente y qué apoyos seguirán necesitando recursos. Tampoco existe siempre una solución universalmente “más eficiente”: lo que parece óptimo en una hoja de cálculo puede cambiar cuando entran en escena las distancias, los mercados, la continuidad, la equidad o las condiciones de implementación. Por eso intentamos que nuestras recomendaciones no fueran recetas escritas desde fuera, sino caminos construidos a partir de la evidencia y de las posibilidades reales de quienes tendrán que recorrerlos. En Noética intentamos comprender mejor la realidad; en Práxila, convertir esa comprensión en conocimiento útil para transformarla. Y, después de atravesar ambas, pusimos finalmente rumbo a nuestra Ítaca: ese lugar de paz al final del viaje donde dejamos atrás las preguntas con las que partimos y entregamos a quienes continúan navegando los mapas que fuimos capaces de dibujar durante la travesía.
Carolina, portuguesa y especialista en nutrición, también en Guinea-Bissau, aportó la perspectiva técnica en nutrición. Raúl, caboverdiano y experto local, aportó un conocimiento especialmente valioso del contexto de Guinea-Bissau y de sus realidades institucionales, sociales y culturales. Desde la sede de Econometría Consultores, Carolina M., Carolina S., Catalina, Gelcy, Jonathan, Julián, July, Maira y María Gloria sostuvieron buena parte del trabajo menos visible pero imprescindible de toda evaluación: coordinación, logística, gestión, análisis cuantitativo y de costo-eficiencia y control de calidad. Por mi parte, asumí la jefatura del equipo: italiano, físico de formación y experto en derechos humanos y evaluador por profesión, con veinte años en América Latina (tantos como Odiseo entre Troya y su regreso a Ítaca) antes de establecerme en España.