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Colombia no necesita solamente un Plan Nacional de Desarrollo nuevo. Necesita una visión de futuro y una forma de construirla. El país ha acumulado una fractura regional profunda: territorios integrados a los circuitos de inversión, empleo, educación y conectividad conviven con regiones donde el Estado aparece de manera intermitente, la economía formal es débil y las oportunidades dependen más del azar territorial que de una trayectoria colectiva de desarrollo. En esas condiciones, un plan construido desde el centro, por más técnicamente sólido que parezca, corre el riesgo de repetir la misma distancia que busca corregir.
El punto de partida debería ser una conversación nacional desde las regiones, no una consulta posterior a un documento ya diseñado. Esa conversación tendría que organizarse como un ejercicio de construcción de una visión de futuro: preguntar qué país quieren construir las regiones en veinte años, qué economías pueden sostenerlo, qué capacidades deben desarrollarse y qué instituciones pueden dar continuidad a los acuerdos. La pregunta no sería solo qué obras o programas requiere cada departamento, sino qué papel puede cumplir cada región en una Colombia más integrada, productiva y socialmente viable.
Este enfoque permitiría superar la lógica del listado de necesidades. Las regiones no deberían llegar al plan únicamente a pedir carreteras, hospitales, universidades o subsidios, aunque todo ello pueda ser necesario. Deberían llegar también a definir apuestas productivas, corredores de integración, capacidades tecnológicas, sistemas de cuidado, estrategias ambientales y mecanismos de gobernanza. Un plan regionalizado no consiste en repartir recursos por cuotas territoriales, sino en reconocer vocaciones, cerrar brechas y conectar los territorios entre sí.
El reto es que las regiones construyan su propia visión y, desde ellas, una visión de país. Esa mirada al futuro es el eje de los procesos de superación de conflictos y divisiones propuestos tanto en la teoría U, de Otto Scharmer, como en la negociación de Ury y Fisher, y ofrece una orientación útil para este proceso. Muchas regiones han sido tratadas como periferias problemáticas, cuando en realidad son reservas de biodiversidad, cultura, energía, alimentos, conocimiento comunitario y posibilidades económicas. Un plan de desarrollo debería ayudar a que el país y las propias regiones dejen de verse desde el déficit y empiecen a reconocerse desde su potencial transformador.
La construcción de un plan de desarrollo desde las regiones debe hacerse en cinco fases. Primero, construir una conversación nacional con gobiernos locales, comunidades, empresarios, universidades, organizaciones sociales y jóvenes. Segundo, compartir las realidades territoriales mediante diálogos, datos, recorridos y lectura de conflictos. Tercero, construir visiones regionales de futuro, identificando convergencias y tensiones. Cuarto, traducir esas visiones en proyectos estratégicos interregionales, con financiación, responsables y metas verificables. Quinto, crear un sistema de seguimiento que permita ajustar el plan, aprender y corregir sin esperar cuatro años.
La superación de la fractura regional no se logrará con una narrativa abstracta de unidad nacional. Requiere infraestructura, educación, seguridad, conectividad, capacidades institucionales y economías locales capaces de generar ingresos. Pero también exige algo menos visible: reconstruir la confianza entre el centro y los territorios. Un Plan Nacional de Desarrollo construido desde las regiones podría ser una oportunidad para pasar de la administración de carencias a la construcción compartida de futuro. Colombia se integrará cuando cada territorio pueda reconocerse como autor de una parte del país que quiere llegar a ser.
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