Analistas

Somos conejillos de indias

Que la humanidad se volvió adicta a la pantalla del celular no es ningún secreto. Según varios estudios, solemos revisarlo, en promedio, cada 15 minutos. Y los tiempos se reducen cada vez más. Una realidad muy triste para nosotros como sociedad, pero magnífica noticia para los que han querido que lleguemos a este punto.

El peligro de esta adicción ya se está reflejando en la manera en que nos relacionamos, en la decreciente capacidad de concentración de los niños y adolescentes, y en un aislamiento emocional tenebroso que irá a peor.
Pero eso es “lo de menos”. Lo realmente preocupante es lo que no vemos y están tratando de ocultarnos las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley. Este año, el prestigioso periodista Anderson Cooper, en un segmento del programa 60 Minutes, y la reconocida periodista científica Ángela Posada-Swafford, en un artículo en la revista Muy Interesante, ahondaron en el tema.

Sin darnos cuenta, señalan ambos, nos volvimos parte de un experimento de miles de millones de personas controlado por un grupo reducido de personas de Silicon Valley. Y todo a través del celular. Las redes sociales en particular, señalan, conciben a sus usuarios como ratones de laboratorio. Dicho en otras palabras, nos están manipulando.

Somos “un cobaya que jala una palanca y a veces le sale una recompensa, y a veces no”, señaló Tristan Harris, un exgerente de producto de Google, a Cooper. La conclusión es aterradora.

Y es que según Harris y otros que han trabajado en Silicon Valley, lo que buscan los programadores de redes y otras aplicaciones que descargamos en nuestros celulares es engancharnos completamente y generarnos un hábito en el que nos veamos obligados a revisar constantemente nuestro teléfono móvil. ¿Con qué fin? Cuanto más tiempo nos tengan conectados, más tiempo tienen de registrar nuestros hábitos de consumo y más información les estamos suministrando para que sepan cómo sacarle rentabilidad económica.

A través de los me gusta, retrinos, nuevos seguidores o estadísticas tan ridículas como nuestra tasa de respuesta a lo que nos escriben nuestros seguidores, los programadores están estimulando una parte del cerebro que nos obliga a entrar al celular una y otra vez para calmar esa ansiedad de saber qué ha pasado con estos indicadores. Similar a las estrategias de los casinos.

Poco a poco nos están programando, nuestros cerebros están siendo moldeados por unas aplicaciones que están repletas de recompensas vacías, pero que manipulan nuestras neuronas. “Se ha construido una narrativa que dice que la tecnología es neutral. Eso no es verdad. La tecnología no es neutral”, dijo Harris.

En resumen, nuestro cerebro está siendo hackeado. Hoy puede ser insignificante que estemos pegados como bobos al celular, pero en el futuro, personas sin escrúpulos podrían encontrar la manera de apoderarse de nuestra voluntad a través de algo tan inocente como esa pantalla que no dejamos de mirar.

Quizás va siendo hora de que nuestros legisladores dejen de inventarse proyectos de ley intrascendentes y comiencen a generar debates de fondo sobre cómo hacer frente a estas amenazas del futuro que poco conocemos. Que los humanos nos volvimos conejillos de indias de Silicon Valley debería ser razón suficiente para que se prendan todas las alarmas.